Eliot 69

Barthes en La cámara lúcida:

«Buscaba en la fotografía la verdad del rostro que había amado […]. Y he aquí que, de repente, la imagen me fue dada. La fotografía era muy vieja. Los ángulos de cartón estaban ajados […]. Representaba a dos niños de pie, formando grupo, al final de un invernadero de cristales. Mi madre tenía entonces cinco años (1898) y su hermano siete. Él estaba apoyado contra la balaustrada del puente; ella, más pequeña, se mantenía algo más lejos, de frente; tenía la mano cruzada en la otra, como solía sostenerlas con frecuencia […]. Miré a la niña y finalmente reencontré a mi madre. La claridad de su rostro, la postura ingenua de sus manos, el lugar que había ocupado sin imponerse […]: todo ello componía la imagen de una inocencia absoluta […]. En aquella foto del invernadero yo veía la bondad que había formado desde el primer momento su ser […]. Reencontraba así una verdad de la imagen que era para mí inseparable del amor. En la fotografía del invernadero, mi madre era verdaderamente ella misma, la única que el duelo me devolvía».

Barthes busca a la difunta en las fotografías que de ella conserva. Deshoja el álbum, pero las imágenes solo le devuelven un parecido abstracto, un rostro estándar, una identidad civil. Todas le dicen «así era ella», pero ninguna le susurra «era ella misma», hasta que topa con la fotografía del invernadero. En este cliché de una niña de cinco años a la que él no conoció, Barthes reconoce milagrosamente a su madre. No porque la foto capte sus rasgos físicos de manera exacta, sino porque revela la cualidad misma de su alma: su soberana inocencia, su afirmación sin agresividad, esa manera de estar en el mundo sin ocupar el lugar de nadie.

Querida Ana Iris, de veras, espero que encuentres «la foto del invernadero» de tus hijos.

De parte de un hijo sin hijos.

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