De Prada no escribe propiamente un artículo argumentativo. Eso debe quedar claro: hay que saber distinguir los géneros. Escribe una escena dramática apócrifa, muy brillante, retóricamente seductora, un artefacto literario fascinante, una sátira barroca, un pastiche deliberado, un diálogo de cámara entre el presidente y un asesor monclovita. Ahí está su primer acierto: en lugar de decir «la entrevista fue una operación calculada», inventa la conversación en que supuestamente se decidió la operación.
Este procedimiento tiene una enorme fuerza porque sustituye la abstracción por la escena. No se limita a atribuir intenciones; las hace hablar, las pone en escena. La conspiración deja de ser una hipótesis y adopta una forma teatral, lingüística, carnal (si me permiten la exageración). Una ficción o argamasa que tiene antecedentes ilustres en la literatura, como las cartas satíricas del siglo XVIII o El diario de un loco. Juvenal, Quevedo, Swift o Karl Kraus lo habrían reconocido inmediatamente. Brillante, muy brillante escritor es Pradita.
La voz del asesor es monstruosa, pero no completamente inverosímil. Habla como el lector hostil imagina que hablaría un asesor sin escrúpulos cuando se cierra la puerta. La sátira logra así una forma de verdad psicológica. Pradita es un novelista de enorme oficio (la voz del asesor está magníficamente construida). Los hallazgos expresivos son abundantes («terraplanistas más cafeteros», «secretaria protocharo», etc.). La analogía con el cuento de Borges es perfecta (y provee al artículo de un aliento universal).
Desde el punto de vista lógico, el artículo es efectivamente un desastre. Lo fascinante es que cuanto mejor funciona literariamente, peor funciona lógicamente. Es un triunfo de la literatura (la parábola satírica) sobre la realidad. ¡Qué importa! Los matemáticos razonan en el infierno; los literatos, entre cirros y tímidos cúmulonimbos en las esferas de los cielos estelares.
