Nabokov, en las entrevistas de «Opiniones contundentes», Anagrama, se sienta en su trono de gran escritor lanzando bolas de fuego y relámpagos y, muy de vez en cuando, algún destello de elogio. El lector encuentra encantadora la arrogancia y desdén olímpico -y su aristocrático desprecio- hacia algunos de los nombres más grandes de la literatura, muchos de ellos contemporáneos suyos, pero también escritores del pasado firmemente asentados en el canon. La extrema elegancia verbal no logra ocultar una crueldad implícita. Nabokov rara vez desmonta lo que critica: simplemente arroja barro -reluciente e ingenioso- hasta manchar.
Este acémila Xokas hace algo similar, pero en lugar de pensar con una mente genial como la de Nabokov, lo hace con una mente pueril, de C.I. justito, y cultura yerma, si no inexistente. Sus seguidores son como personas hipnotizadas enamoradas de un hooligan mastuerzo, absolutamente incapaz de la delicadeza de gusto o opinión, o de unos mínimos civilizatorios. Basurilla sentimental, clichés vulgares, filisteísmo en todas sus fases, imitaciones de imitaciones, falsas profundidades, pseudofilosofía grosera, estúpida y deshonesta: estas son sus actuaciones más eminentes. Oyéndolo, automáticamente a uno le entran ganas de caminar a cuatro patas. Treintañero con la edad mental de un niño de cinco.
En el mundo de la basura, no es el Xokas lo que proporciona el éxito, sino sus seguidores.
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Ayer vi un poquitín de la velada de Ibai. Jovenzanos que gritan: «¡Reguetón! ¡Perreo! ¡Boxeo!» El ritmo se encabrita, cocea, se quiebra. Tembloteo, cacareo, carcajeo, parpeo. Trotan, saltan, se estremecen. Se exaltan ante un uppercut lleno de faltas de ortografía. Mi mundo es otro, alude más bien a la voluminosa y concienzuda «Historia de la Literatura en Italia» del abate Tiraboschi.
De las encuadernaciones Grolier llegamos ahora al Xokas, de la biblioteca de los agustinos de St. Victor acabamos en Roro con cuerpo musculado de Iggy Pop. El kitsch facilón. El cutrerío como monarquía estética.
No entiendo este mundo.
