Eliot 78

Lo que estamos presenciando durante la cobertura de estos incendios no es periodismo de información ni de servicio público: es la explotación mercantil del dolor ajeno organizada bajo las reglas de la televisión o los media comerciales.

Esa «vocecilla impostada» de los locutores, el encuadre repetitivo de la destrucción de las llamas y la búsqueda del testimonio afligido de los afectados responde a una fórmula clara: la dramatización estética de la tragedia para secuestrar la atención del espectador y traducirla en share comercializable (a mayor atención, a mayores puntos de audiencia, más se pagan los anuncios). El dolor ajeno pasa de ser una realidad traumática a convertirse en contenido, en un insumo más para la parrilla de programación. La bronca política o el dolor de un evacuado no son más que recursos escénicos para alimentar la maquinaria. Detestable.

En su ensayo Ante el dolor de los demás (2003), Susan Sontag reflexiona sobre cómo la reproducción constante de imágenes de dolor e infortunio en los medios masivos no genera empatía real, sino una fascinación morbosa y, en última instancia, insensibilidad.

«La exhibición de las crueldades infligidas a los individuos atiende a la demanda de un público que consume las catástrofes como si fueran espectáculos. Mirar —contemplar el dolor y la barbarie— nos perturba, nos horroriza tanto como nos fascina. La destrucción tiene su propio halo de belleza. Lo que vemos nos persigue, pero lo que vemos se convierte pronto en alimento para el olvido».

Citemos por último al añorado Vargas Llosa:

«En la civilización del espectáculo, el periodismo amarillista no es una excepción deplorable, sino una tendencia generalizada que afecta a casi toda la prensa. La información ha pasado a ser primordialmente entretenimiento. Buscar la noticia que conmueva, escandalice o divierta, prescindiendo del pudor y de la verdad, es la regla. El sufrimiento humano, las catástrofes naturales y los conflictos políticos son procesados como un melodrama masivo para satisfacer el voyeurismo de una audiencia acostumbrada a consumir la realidad como si fuera un melodrama televisivo».

Es la obscenidad de un modelo de negocio que se lucra con las cenizas.

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