Era el verano de los senderos de arena en que la luz, filtrada por las copas de los alzinars, dibujaba un mosaico tembloroso sobre el suelo. Se mezclaban el olor de las agujas de pino recalentadas por el sol, el del jazmín abrasado por el bochorno y el rojo esmaltado de la sandía abierta sobre la mesa de mármol del hotel.
Trenes diminutos de carcasa metálica, Airgam Boys, una nave espacial luminosa, tebeos desperdigados por la habitación, Stevenson, Salgari y el balón Mikasa. Agosto: la claridad socarrimada de lomo de plata de una sardina en la parrilla; la piel morena de una hermosa mujer cuajada; la ninfa de la frescura del mar de Sitges. Sentarse en la hierba con un libro, rodeado de la calidez del aire; contemplar el paso de las nubes o el temblor del aire sobre los caminos. Nada más. No hay que pensar.
Ya en Ourense, los carballos parecían repintados por un hada; en las pozas profundas oíamos la voz de las meigas. Raquel, como una donna angelicata. El atardecer anaranjado anunciaba otra jornada de calor; por la mañana, la niebla se deslizaba entre los prados y el mediodía traía consigo el aroma de la fruta madura, de los heniles recién segados y de la frescura que exhalaban los viejos muros de piedra. Por la noche, el placer de abrigarse con una manta. El hueco de un penedo convertido en una barca navegable, los juegos con los primos que parecían no tener fin… y el tiempo suspendido.
