Eliot 85

No desearía aguar la fiesta a la massa damnata o massa perditionis que se dedica estos días, al empezar sus vacaciones, a viajar a lo ancho y largo del planeta. Viajar es cosa buena —se sabe—, de mucho lustre, un placer inigualable hasta los treinta o cuarenta años, pues te provee de experiencias insólitas y ricas (descubres hermosa arquitectura, gentes de mentes curiosas, gastronomía peculiar, paisajes no poco exuberantes, aprendes lenguas que dan acceso a culturas de lo más jugosas, tienes amores de una noche con chicas de una noche, oyes música con disímiles armonías); viajar te provee de experiencias ricas, decía, en una etapa de tu carácter en plena formación. Después, a mi juicio, viajar es ya «sobrer». Lo mejor es no moverte del pueblo y pasear modestamente por la ciudad y, como lujo desmedido y extravagante, algún garbeo por la comarca. Nunca más allá.

Quedarse en casa es lo más sensato. Todos nuestros problemas empiezan por no saber estarnos bien quietos en la habitación. En casa puedes ver películas (Ser o no ser, Dos en la carretera, Blade Runner), escuchar a Mahler, Berlioz y Puccini, leer De commodis litterarum atque incommodis de Leon Battista Alberti o el De rerum natura iuxta propria principia de Bernardino Telesio (filosofía natural antiescolástica); en casa puedes estudiar lógica algebraica, derecho procesal, programación LISP, latín, arqueología, botánica, paleografía. Una gozada. En casa puedes hacer el amor, conversar socráticamente con selectos amigos sobre lo divino y lo humano, inspeccionar las tímidas nubes de la atardecida.

San Agustín hacia el año 400: «Los hombres viajan para maravillarse con las gigantescas olas del mar, la altura de las montañas, el curso de los ríos y el movimiento circular de las estrellas, pero nunca viajan a su propio interior para conocerse a sí mismos». Viajemos alrededor de nuestra habitación (Xavier de Maistre), alrededor de nuestro cráneo (Frigyes Karinthy). Han sido legión los pensadores que han recordado aquel dicho de Horacio en la Epístola I, XI, 27: «Caelum non animum mutant qui trans mare currunt», es decir: «Cambian de cielo los que cruzan los mares, pero no les cambia el alma».

Felices vacaciones, queridos amigos. Pero si hemos de hacer caso a Spinoza, solo nos salvaremos si nos pasamos la vida estudiando y procurando comprender a fondo —no por encima, como hacen los turistas— todo aquello que es susceptible de ser conocido. No sé.

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