Dentro de los Coloquios de Erasmo, el diálogo dedicado específicamente al análisis de la naturaleza de las simpatías, las diferencias y la amistad es Amicitia (publicado por primera vez en la edición ampliada de 1523).
Allí leemos:
«Forbas: Por consiguiente, así como quienes navegan entre arrecifes no dejan nunca de estar atentos para evitar el naufragio, así, al entablar amistad, nada debe guardarse más que el no ser engañados por las costumbres fingidas de los hombres. Y es que, siendo la amistad la cosa más grata, también es la más rara si se la juzga desde su cima más alta. Tener ciertos hombres benévolos —en parte por naturaleza, en parte por estudios comunes, en parte por el trato— ni es raro ni reprobable; pero aquella amistad justa y verdadera, que hace de dos uno solo, dicen que apenas acontece entre tres o cuatro en todo un siglo. Pues si se ha de tener por amigo a cualquiera que no sea enemigo, la cosa es fácil. Pero amigo es solo aquel a quien confías todos tus bienes, tus empeños, tus consejos, tus secretos y, finalmente, tu propia alma, y que se halla afectado hacia ti de la misma manera que hacia sí mismo».
Por su parte, Juan Luis Vives, en Introductio ad sapientiam (Introducción a la sabiduría, 1524), dedica una sección específica a las normas de conducta social y al cultivo de la amistad («De amicitia»). Edición de referencia: Joannis Ludovici Vivis Valentini Opera Omnia, Tomus VI, ed. Gregorio Mayáns y Siscar, Valencia: In Officina Benedicti Monfort.
Resulta imprescindible mencionar in extenso a Francis Bacon, concretamente en su ensayo n.º 27 («Of Friendship»), una absoluta delicia. Allí escribe:
«El primer fruto principal de la amistad es el alivio y desahogo de la plenitud y sofoco del corazón, que las pasiones de toda índole causan e inducen. Sabemos que las enfermedades por obstrucción y sofocación son las más peligrosas para el cuerpo, y no ocurre de otro modo en la mente; podéis tomar zarzaparrilla para abrir el hígado, acero para el bazo, flor de azufre para los pulmones o castóreo para el cerebro, pero ninguna medicina abre el corazón sino el amigo verdadero, a quien podéis impartir penas, alegrías, temores, esperanzas, sospechas, consejos y cuanto pese sobre el corazón para oprimirlo, en una suerte de confesión civil.
El segundo fruto de la amistad es saludable y soberano para el entendimiento, así como el primero lo es para los afectos. Porque la amistad trae en verdad un día sereno a los afectos, librándolos de tormentas y tempestades; pero trae la luz del día al entendimiento, sacándolo de la oscuridad y la confusión de los pensamientos. Y esto no debe entenderse solo por el consejo fiel que el hombre recibe de su amigo, sino que cualquiera que tenga la mente cargada de pensamientos ve sus luces y entendimiento aclararse y desplegarse al comunicarse y conversar con otro; sopesa sus pensamientos con más facilidad, los ordena con mayor método, ve qué aspecto tienen cuando se convierten en palabras y, finalmente, se vuelve más sabio que sí mismo, y esto más por una hora de conversación que por un día entero de meditación».
Ahora lean este pasaje de Paulo Coelho:
«Uno siempre acaba haciendo amigos nuevos y no es necesario olvidar a los antiguos. Pero cuando vemos siempre a las mismas personas, terminamos haciendo que pasen a formar parte de nuestras vidas. Y como ellas forman parte de nuestras vidas, pasan también a querer modificar nuestras vidas. Y si no somos como ellas esperan que seamos, se molestan. No te expliques: tus verdaderos amigos no lo necesitan y tus enemigos no lo creerán».
El estilo popular conspira contra Eliot, Shakespeare, Virgilio, Dante, Newton y Gauss para sustituirlos por María Teresa Campos, David Bisbal, Kiko Matamoros o Yola Berrocal. Cuando Churchill estuvo de joven en Egipto se imbuyó de lecturas clásicas y de Gibbon. Tácito y Gibbon —a través de Churchill— nos ayudaron a ganar la Segunda Guerra Mundial.
Lionel Trilling arguye que la diferencia entre Dreiser y James «es la sempiterna creencia americana de que existe una oposición entre la realidad y la mente, y de que se debe tomar partido por la realidad». El realismo empírico y mostrenco, los hechos pelados, la apología de la taberna, suelen prevalecer en las literaturas (y en el gusto lector) sobre aquella literatura como análisis de las capacidades mentales abstractas, de la interiorización, de la constante distinción de tipos humanos y la elucidación de sus propósitos, sensibilidades, valores e intenciones.
James escribía libros que remitían a un lenguaje literario, a unas densas resonancias retóricas y a unas fuentes o influencias librescas tan ricas como clásicas. Eran libros ahormados en la tradición literaria, que se montaban a lomos de esa fértil tradición. En esa época los libros eran esquejes de un tronco literario anchísimo. En el nuevo paradigma de los estudiantes derrotados por James, los libros de los que se nutren son mónadas sin ventanas a la tradición ni a la anatomía literaria, y el idioma es poco más que un sucedáneo (como arenque reseco) del lenguaje periodístico, un lenguaje de teletipo o de crónica de sucesos.
En sus cuevas, como héroes del Ancien Régime, mantendremos esas islas de arcaica conservación llamadas Henry James y sus iguales. Gracias a esos héroes monásticos, a esos eremitas solitarios, veremos un renacimiento intelectual en —pongamos— dos o tres siglos. Yo no permitiré que Madame Récamier enseñe un piercing en un after-hours. Si millones de seres espirituales vagan invisibles de un lado a otro de la tierra, me vestiré con galanas ropas curiales cada vez que entre en mi voluminosa biblioteca. No permitiré que Madame de Staël quede narcotizada y estupidizada frente al televisor. O que Cromwell se compre una barbacoa, un chándal y escriba post-its de autoayuda en la puerta de su nevera. Juro que evitaré que Mozart desayune Coca-Cola en un McDonald’s. JE VEUX LA VIE SOLITAIRE.
