En Japón se dice que al clavo que sobresale le cae el martillazo. En China, que los árboles altos atraen mucho viento. En Holanda, que no asomes la cabeza por encima del suelo. En Chile lo llaman chaquetear: tirar de la chaqueta del que sube. En Escandinavia tienen la janteloven: no creas que eres mejor que nadie. En Filipinas, la mentalidad de cangrejo. España, claro, también tiene su tradición, sobre todo literaria. Miguel de Unamuno la bautizó como «la íntima gangrena del alma española» en su ensayo La envidia hispánica, y le dedicó una novela entera, Abel Sánchez. Ya en el siglo XI, el pensador cordobés Ibn Hazm, una de las grandes figuras de la cultura andalusí, escribió en su Epístola sobre la virtud de Al-Ándalus que, «con doble animosidad que en ningún otro país, los españoles sienten envidia del sabio que nace entre ellos, minusvaloran cuanto hace, critican sus aciertos y se ensañan con sus errores». Rafael Sánchez Ferlosio le dio la vuelta y lo tachó de tópico cargante: sostuvo que más que envidiosos lo que abundan son envidiados, gente que se queja de ser envidiada para sentirse importante, algo que llamó «paranoia de envidia».
Soy un escritor fracasado, pero no resentido (conozco mis límites y potencias). Cerca de mi casa hay un eucaliptal. Se barraganean contiguos a la cuneta, sus troncos como ancas florlisadas de elefante. Olor de flamboyanes y armonía, erizada luz restregada que reflejan.
Así siento las palabras, la literatura. Lo que pertenece a las musas, a la misma música, a diversos estilos de música; un espejo de láminas superpuestas.
Cuando empiezas a escribir sueles usar una lengua de palabrejas, un argot cultista; te ocultas en la retórica vacía. Después pules y buscas una trabajada sencillez. Yo soy un escritor con funciones y alma de esponja. Puedo usar formas periodísticas, o líricas, o conceptistas, o lumpen. Mi prosa es dúctil. Escribo como si declamara arias fantasmales. Una colección de ejercicios de estilo heterónimos. Mi punto de vista es numeroso, mis personalidades lingüísticas múltiples. Voz de palimpsesto, de ventrílocuo. Así no me aburro.
No envidio a los escritores que se vendieron por una piscina.
Voltaire: «La terre est couverte de gens qui ne méritent pas qu’on leur parle» («La tierra está llena de gente a la que no merece la pena dirigirle la palabra»).
«Por desgracia, la expresión «coquin méprisable», granuja despreciable, resulta aplicable a un número terrible de personas de este mundo», Schopenhauer.
«Nec vixit male qui natus moriensque fefellit», Horacio («No se da mala vida quien, de nacimiento a muerte, pasa desapercibido»).
Mejor no podría ser dicho. O bien igual Ovidio: «Bene qui latuit, bene vixit» («Quien bien se esconde, bien vive»). Solo y oculto es como se está mejor en esta hodierna e híspida civilización, donde la publicidad está por encima del logro, la revelación por encima del comedimiento, la sinceridad por encima de la decencia, el victimismo por encima de la responsabilidad, la confrontación en lugar de la cortesía, la psicología sustituyendo a la moralidad.
Para concluir, y como divisa o lema: «Litterae solae sunt quae hominem vere esse demonstrant» («Las letras son la única prueba de que se es verdaderamente hombre»). Me basta con mantenerme al margen.
