Eliot 88

Como me cuesta leer, escribo y recuerdo. Recuerdos bien ordenaditos en los estantes, recuerdos como un agradable cosquilleo en los pies. En estos momentos, el aire de mi habitación se llena de música (la Música para los reales fuegos de artificio, de Händel). Deseo que se transfiera esa belleza a mis dedos mientras tecleo esta nota.

Recuerdo aquel cuco, familiar y modernista hotel de Sitges donde pasábamos muchos fines de semana: el laberinto de pasillos, de habitaciones secretas, salones, vestuarios, alacenas y galerías. Las mujeres huéspedes, en especial inglesas y francesas; las primeras, rápidas y nerviosas; las otras, blandas y lentas.

No es sencillo fijar las vivencias de un hijo; supongo que la angustia llegó tarde, muy tarde, en este ocaso de mi vida, pero primero reinaron el placer, la cultura, el juego y la imaginación. Recuerdo el florecer de margaritas de tallos muy largos. Y rosas con sus hojas verdes deshojadas por la brisa. El atisbar resplandores en un valle de mirtos. Las visitas a museos y a librerías, los viajes a Europa y a Galicia.

Los primeros pasos de la vida son algodonosos. Recuerdo los armarios de luna del cuarto de mis padres, donde se reflejaba la perrita Nikita. Y aquella nebulosa originaria de palabras enhebradas a la conversación, la sensación de conversar y oír conversar sobre todo, que tanto contrasta con este silencio actual que trepana mi cerebro en mi solitario pazo gallego.

La rutilante felicidad con que me criaron. Aprender a sostenerme en la arquitectura de mi propia conciencia. El sustentarme más con la mente que con el vago corazón. El Orden como una forma de Sabiduría. La Compañía como una forma de Pedagogía.

Soy un hijo sin hijos. Con mis papás ya muertos. La bilis negra que vierte al castellano el cultismo «melancolía». Espero dulcemente la muerte.

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