«Quizás para entender el mundo hay que ponerlo patas arriba. Colgarlo del cielo, como si fuera un murciélago. Y eso hace a veces el arte».
Frente a las certidumbres del saber consuetudinario, del saber establecido y de la etiqueta formal, el pensamiento escéptico del Renacimiento se propuso también desarraigar el entendimiento, desanclarlo, desfamiliarizarlo, mostrar la fragilidad de las ciencias y recordar que la realidad es poco más que un teatro que va y viene.
Así lo hace Heinrich Cornelius Agrippa en De incertitudine et vanitate scientiarum. Agrippa, tras un repaso por todas las ramas del saber (astrología, filosofía, arte, magia), concluye que el conocimiento humano es una quimera y que la verdadera visión solo llega cuando se destruyen los pedestales del orgullo y la certeza intelectual, cuando ponemos el mundo cabeza abajo. Allí escribe:
«Nada hay en las artes y ciencias tan firme, tan cierto o tan divino que no se hallen en ello la sospecha, la duda, el error y la vanidad. Toda doctrina humana es incierta y mudable; las ciencias no son sino opiniones de los hombres, inventadas no para la salud del alma, sino para el fasto y el engaño de este mundo. Quien busque la verdad en los preceptos de los filósofos, no hallará más que una sombra de la verdad, o bien un abismo de discordias, donde cada cual afirma con soberbia lo que el otro destruye con ímpetu. Conviene, pues, desnudarse de toda esta vana erudición, andar a ciegas respecto al juicio del vulgo, para poder recibir la verdadera luz que no habita en las aulas ni en las academias, sino en el reconocimiento de nuestra propia ceguera».
(Heinrich Cornelius Agrippa, De incertitudine et vanitate scientiarum declamatio invectiva, Cap. I).
Usted escribe asimismo: «Las palabras suenan huecas… No hay piñón ni tampoco plato que recomponer… Te quedas desacoplado, como un violín desafinado…». Rápidamente lo asocié en mi memoria imaginativa con un significativo (y muy jugoso) pasaje de Ficino:
«Aquellos que se entregan al estudio persistente de las artes abstractas o al ejercicio continuo de la imaginación sufren un secamiento de sus espíritus vitales. La mente, atraída por la luz interna o por el abismo de sus propias invenciones, abandona el cuidado del cuerpo, el cual queda entonces atónito, torpe y desajustado con el ritmo ordinario del mundo. Las palabras del vulgo les parecen estruendo vano, los negocios de los hombres juguetes de barro, y el propio organismo se vuelve como un instrumento cuyas cuerdas han perdido la tensión adecuada, incapaz de sonar en consonancia con la masa. Requieren entonces estos hombres un bálsamo especial, no para regresar a la vulgaridad de la carrera común, sino para sostener ese sagrado furor sin perecer consumidos por la bilis negra».
(Marsilio Ficino, De vita libri tres. Libro I: De vita sana, sive de cura valetudinis eorum qui incumbunt studio litterarum, Cap. IV).
Permítame este par de antecedentes a su artículo, entre infinidad de otros que podría aducir.
P. D.: Aprovecho la ocasión para saludarle afectuosamente.
