La tradición eterna es la tradición universal. Los pueblos viven del intercambio; el aislamiento es muerte. Descreo del repliegue chauvinista o pintoresco. Restringirse a los temas nacionales es una limitación artificial. Nuestra tradición es toda la cultura occidental.
«El casticismo ha sido entre nosotros la gran coartada de la pereza intelectual y el resentimiento contra la excelencia. Se ha llamado ‘castizo’ a todo lo que en España era vulgar, tosco y alcornoque, con tal de que fuera propio y no viniese de fuera. Una cultura que se contempla el ombligo y vive de la nostalgia de sus propios arcaísmos está condenada a la esterilidad. La única salvación para la literatura y el pensamiento español es elevarse a la altura de los tiempos, medirse con la gran filosofía y la gran literatura universal. Lo castellano o lo español solo alcanza dimensión duradera cuando se vuelve transparente a los problemas universales del hombre», dejó escrito Ortega.
La literatura nace precisamente cuando atraviesa las fronteras. Las grandes obras sobreviven precisamente porque pueden abandonar su lengua de origen. La literatura no tiene patria, o más bien, su única patria es el lenguaje en libertad y la totalidad de la experiencia humana. De modo parecido a como el mercado mundial es el lugar donde invierten las mejores empresas.
En el ámbito económico, el equivalente al casticismo fue el modelo autárquico y proteccionista del siglo XX: empresas acostumbradas a trabajar dentro de un mercado doméstico cerrado, protegidas por regulaciones locales y orientadas al consumo interno. Para convertirse en gigantes globales, entidades como Banco Santander o BBVA tuvieron que abandonar la «banca provinciana». Hoy, la mayor parte de sus beneficios no proviene de España, sino de mercados como Brasil, México o el Reino Unido.
Les dedico esta cita de Calvino:
«La ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras… A veces diferentes ciudades se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre, naciendo y muriendo sin haberse conocido, incomunicables entre sí. Pero hay ciudades que se convierten en trampas: vivas solo para el forastero que busca en ellas la imagen prefabricada que traía en su viaje. En ellas, el habitante real se vuelve invisible o servil, y la historia auténtica se disuelve en el artificio de la postal».
