Quizá sobraban (o acaso no) floripondios y terrazas de nenúfar historiadas como la prosa de Proust. Y Shakespeares en la cocina como un crujiente de tapioca con tartar de cigala y Azorines en los espejos igual a una alcachofa confitada con jugo de ibérico. Era un un ático (detestado por ignaros y resentidos) literario, un ático de gazpacho laminado de espárragos verdes y tomatitos de invierno de Jean-François Rouquette. En resumen: FENOMENAL.
La excelencia es ardua, un portento que cuesta adquirir, como es portentoso lograr la mente de Hayek, Friedman o Von Mises. El lujo es la forma terrenal y plebeya de la excelencia, su gemelo tullido. Vivir ahí hubiera sido un contrapunto necesario a la vulgaridad utilitaria, lo que revierte en una gobernanza de altura.
Bernard Mandeville: «El lujo desmedido empleaba a un millón de pobres; el orgullo detestable, a otro millón. La envidia misma y la vanidad eran los ministros de la industria; su variable dueño, la moda, dictaba las leyes de los vestidos, los banquetes y los muebles… Fue así como el vicio engendró la ingeniosidad, la cual, unida al tiempo y a la laboriosidad, llevó las conveniencias de la vida, sus verdaderos placeres, comodidades y facilidades, a un punto tal que los mismos pobres vivían más cómodamente que antes los ricos, y no faltaba nada más».
El lujo no corrompe a las naciones, antes al contrario provoca que aumente la demanda de bienes refinados, lo que impulsa el comercio, y estimula la mente humana y genera asimismo prosperidad. El lujo, por tanto, actúa como el gran incentivo para que la industria salga de su torpeza y para que la riqueza circule por todas las capas de la sociedad.
Según Werner Sombart, en su convincente libro Lujo y capitalismo, el verdadero nacimiento del capitalismo se debe a él. Y no olvidemos a Oscar Wilde: «Aquellos que atacan el lujo suelen confundir el valor de las cosas con su precio, olvidando que la verdadera civilización no se mide por la cantidad de herramientas eficaces que produce, sino por la cantidad de belleza superflua que es capaz de mantener y venerar frente a la vulgaridad de lo cotidiano».
