«Todo reino dividido contra sí mismo es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no permanecerá», Mateo 12:25
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«El arte de la política consiste en ver las cosas como son, no como quisiéramos que fuesen. La mayoría de los hombres se rigen por pasiones e intereses, no por principios éticos. Manejar a los hombres exige conocer sus debilidades y utilizarlas para el mantenimiento del orden o del poder personal», Fouché. Estas palabras las podrían sostener igualmente Sánchez, Feijóo, Ayuso, Abascal, Trump, Mattarella o Macron. La política actual sigue siendo el arte de engañar a los pueblos, de alimentarlos con ilusiones abstractas mientras los verdaderos actores se reparten las ventajas materiales del poder.
A diferencia de la ciencia, la tecnología o el mercado —donde la suma de esfuerzos crea nuevo valor—, el control del gobierno y la hegemonía institucional son bienes limitados. Para que un partido gobierne, otro debe perder. Esto incentiva naturalmente la estrategia del ataque, de lo taimado, la disgregación del rival y la astucia. Un político alineado candorosamente con la ética de la convicción (en el sentido de Weber) suele ser arrollado por adversarios que actúan sin tales restricciones. La política, a mi juicio, no es un equipo de fútbol coordinado hacia una meta compartida, sino un terreno de lucha por el poder donde los ardides, el pragmatismo y el juego estratégico son las herramientas primarias de supervivencia.
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«No se puede censurar a quien busca su propia utilidad más que alabar a quien respeta el bien ajeno. Porque el interés propio es la inclinación natural de los hombres, y quien no lo reconoce o pretende juzgar las acciones políticas al margen de él, comete el error de juzgar el mundo no como es, sino como desearía que fuese», Francesco Guicciardini.
«Quien considere con atención a qué fin van a parar las acciones de los hombres y de los príncipes en la plaza pública, encontrará en ellas infinitamente más engaños y apariencias que verdad o sinceridad. Pretender que los asuntos de Estado se rijan por la candidez es ignorar la naturaleza del gobierno», Francesco Guicciardini.
«No puede ser sabio ni gobernar sabiamente su vida o su Estado quien no sea capaz de acomodarse a los tiempos y al curso cambiante de las cosas. Las doctrinas fijas y las utopías escritas en los libros valen de poco en el arte de gobernar, donde las circunstancias imponen la regla», Francesco Guicciardini.
«En las deliberaciones de los príncipes y en los tratados internacionales, la razón de Estado es poco menos que razón de interés. Ninguna alianza, por sagrada que parezca en el papel, se mantiene viva si deja de ser provechosa para quienes la firmaron… La experiencia enseña que, por la corrupción de la naturaleza humana, la fuerza prevalece a menudo sobre la razón y las armas sobre las simples leyes», Giovanni Botero.
«El vulgo de cuerdas desta arpa del reino es el pueblo. Su naturaleza es monstruosa en todo y desigual a sí misma, inconstante y varia. Se gobierna por las apariencias sin penetrar el fondo. Con el rumor se consulta. Es pobre de medios y consejos, sin saber distinguir lo falso de lo verdadero; inclinado siempre a lo peor. Una misma hora se ve vestida de dos afectos contrarios. Gobernar a semejante multitud exige del príncipe no solo rectitud, sino una profunda astucia para manejar las impresiones», Diego de Saavedra Fajardo.
«No ha de ser el príncipe tan cándido que se exponga como presa fácil a la malicia ajena, ni tan astuto que convierta el gobierno en un continuo engaño. Debe hermanar la sencillez de la paloma con la astucia de la serpiente. En un mundo rodeado de estados rivales y de intereses encontrados, la sola bondad sin la cautela política es una invitación abierta a la ruina de los vasallos y a la pérdida de la Corona», Diego de Saavedra Fajardo.
«La simulación y el disimulo son armas defensivas en las manos del príncipe. No para oprimir la verdad con la mentira, sino para celar los propios consejos hasta el momento de la ejecución, de suerte que el enemigo o el adversario no pueda prevenir los golpes del Estado», Diego de Saavedra Fajardo.
