Eliot 134

El americano medio (especialmente en el Cinturón del Cobre o Rust Belt, como Míchigan) está profundamente asqueado de la política tradicional. No razona a partir del eje Izquierda-Derecha, sino del eje Arriba-Abajo (las élites y Washington frente a la gente común).

Es aquí donde el candidato izquierdista compite directamente con el populismo de Trump; unos tienen de chivo expiatorio a los inmigrantes, a la globalización o a la corrección política, otros, igual de populistas, cargan contra las farmacéuticas, el gran capital, la desregulación o las élites financieras. Unos y otros simpatizantes votan por desesperación y deseo de romper el statu quo. Se descree del discurso templado, ilustrado, intelectual o tecnocrático.

El tema se pone peliagudo. El populismo necesita simplificar la realidad en un combate moral maniqueo: el pueblo puro, investido de un aura sobrenatural, contra la élite corrupta, símbolo del maligno.

El análisis intelectual aporta matiz, la siempre necesaria complejidad y las luces del pluralismo, demostrando que «el pueblo» no es homogéneo como nos lo pintan ni «la élite» una entidad monolítica, sino un ser que se dice de muchas maneras. El análisis intelectual constituye una barrera frente a nuestra tendencia a interpretar la realidad movidos por las pasiones más primarias, el resentimiento o el miedo. La Ilustración siempre exigió hechos, datos, contrastación empírica y coherencia lógica, denunciando las promesas irrealizables o las soluciones mágicas.

Pero el populismo no triunfa porque la gente sea «ignorante» o no razone con perspicacia, sino porque RESPONDE A UN MALESTAR REAL. Además existe un intelectualismo tanto de izquierdas como de derechas que utiliza la jerga académica, torcidamente, para justificar el autoritarismo, la posverdad o la polarización.

Estoy preocupado. Vivimos tiempos convulsos, con problemas candentes sin una nada fácil solución.

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