«Debemos evitar la tentación de inventar historias plausibles sobre el valor adaptativo de cada rasgo humano. Muchos comportamientos complejos y normas de pudor o etiqueta pueden no ser adaptaciones directas grabadas en nuestros genes, sino exaptaciones: consecuencias culturales e intelectivas del desarrollo de un cerebro masivo capaz de sentir autoconciencia y miedo al rechazo» (Stephen Jay Gould, The Structure of Evolutionary Theory).
Para Gould, la capacidad de sentir vergüenza o buscar privacidad es real y tiene base biológica, pero la forma concreta del pudor es, más probablemente, un producto derivado de nuestra autoconciencia que una instrucción genética rígida.
Por su parte, en Cómo funciona la mente y La tabla rasa, Steven Pinker aborda la vergüenza y el pudor desde la psicología evolucionista, planteando que la privacidad sexual responde a una necesidad adaptativa: ocultar el acto reduce la fricción social, evita desafiar las jerarquías del grupo y protege el valor de emparejamiento y la reputación.
A partir de estas lecturas, me parece que conviven dos grandes explicaciones científicas: entender el pudor como un efecto secundario del desarrollo de un cerebro con autoconciencia y lenguaje, o bien verlo como un mecanismo adaptativo directo para gestionar la reputación y la cohesión social.
Su tesis, profesor Masferrer, es eminentemente filosófica y antropológica. Disfruté mucho del uso que hace de conceptos como la «dignidad». Permítame simplemente sumar a su reflexión este contrapunto desde la biología evolutiva y la psicología evolucionista. Creo que ambas perspectivas pueden enriquecerse mutuamente.
P.D.: Aprovecho la ocasión para enviarle un abrazo afectuoso.
