Cuando la mente se alimenta de enciclopedias, de la textura física —casi sinestésica— de las palabras, de la lógica o de la historia de la ciencia, el abismo con la charla consuetudinaria se vuelve insoportable.
Me siento muy identificado con estas palabras de David Foster Wallace:
«Hay una soledad particular que no tiene nada que ver con estar solo en una habitación. Es la soledad de estar rodeado de gente y darse cuenta de que el lenguaje que hablas, el mapa con el que entiendes el mundo y el tipo de cosas que te quitan el sueño no le interesan a nadie a tu alrededor. Es descubrir que el nivel de conversación al que te invitan a participar requiere que apagues las tres cuartas partes de tu cerebro para no parecer un monstruo o un pedante. Terminas eligiendo entre la mentira de amoldarte a una banalidad que te destruye por dentro o el refugio absoluto en tus propios libros y en tu propia cabeza, donde por lo menos nadie te pide que hables de nimiedades».
En El infinito en un junco, Irene Vallejo expone de forma deslumbrante la pasión por el saber omnívoro, pero también la vertiente solitaria de quien busca refugio en los libros ante la incomprensión de su tiempo:
«Quienes aman las palabras con una devoción casi física —quienes sienten su relieve, su música y su arquitectura— suelen pagar un peaje invisible. El mundo exterior a menudo exige prisa, ruido y una preocupante falta de asombro. Hay una soledad muy específica en el erudito no académico, en el lector voraz que no busca un título, sino calmar una sed insaciable: la soledad de descubrir que la mayoría de los seres humanos viven perfectamente cómodos en la superficie de las cosas. La literatura y el estudio no son entonces un mero pasatiempo, sino el único territorio donde es posible encontrar a nuestros verdaderos contemporáneos, aunque lleven muertos dos mil años o solo existan en la página escrita».
Vuelvo a mi biblioteca. A mi silencio sin respuestas. Soy un escritor gregario, gris, muy enfermo, incoloro, mediocre. Pedestre, sobado, gastado, chabacano, ramplón. Hay en mis escritos poca finezza y galanura, y sí mucha garrulería. Poco refinamiento y eminencia, y mucha y molesta tosquedad. Mi tesis o poética (una tesis simplista y de alma vieja) es que vivimos en un mundo lerdo, abajado, obtuso, ganso y memo, y, por paradójico que resulte, esas propiedades que creo que definen nuestra Era de Piedra Tecnológica se transfieren a mis escritos y a mi mente esquizoide. Pero intento no adornarlo todo con una simple nada prefabricada; no busco ni consumo una cultura fácil, intrascendente o de consumo rápido. No me rindo ante el fanático entretenimiento de la «sociedad del espectáculo» (Debord).
Estoy solo en mi biblioteca. Atrapado en esa antinomia cruel de necesitar el calor humano, pero no soportar la temperatura de su discurso. Las respuestas que exigen los hombres al mundo me aburren y desgastan.
