Eliot 143

El liberalismo distingue entre la discriminación arbitraria (por raza, sexo o religión) y la segmentación por perfil o conducta (como las discotecas para adultos, las licencias de conducir por edad o las residencias de ancianos). Los niños no tienen capacidad plena de obrar ni se les atribuye la misma responsabilidad legal, por lo que graduar espacios según la edad es común y legítimo en la sociedad.

Un adulto que busca descansar en sus vacaciones —quizás unos padres exhaustos que han dejado a sus propios hijos con los abuelos un fin de semana— tiene derecho a buscar un entorno de descanso mental. El mercado no «expulsa» a los niños; simplemente diversifica la oferta para que coexistan espacios con distintos propósitos (hoteles familiares, juveniles, de negocios, de lujo, de relajación).

Un liberal argumentaría que las vacaciones pagadas de un particular no tienen por qué convertirse en el «aula de socialización» de los hijos de otros. La crianza y la convivencia comunitaria son responsabilidad primaria de los padres y de las instituciones públicas de la comunidad local (escuelas, parques, plazas), no de la industria turística privada.

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El humanismo sostiene que la infancia no es una «fase de consumo» ni un riesgo ruidoso, sino la forma más pura de la condición humana en desarrollo. Considerar que un niño salpicando en una piscina es una «incomodidad equiparable a una plaga» deshumaniza la mirada social sobre las etapas de la vida.

El modelo «adults only» presupone que el adulto es un ser plenamente autónomo e independiente que «paga su derecho a no ser molestado». El humanismo recuerda que todos fuimos esos niños ruidosos que otros adultos toleraron. La sociedad funciona por un pacto de solidaridad intergeneracional e implícito: soportamos la fragilidad del niño hoy porque otros soportaron la nuestra ayer y soportarán nuestra vejez o enfermedad mañana.

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Un debate abierto y muy jugoso.

P.S. El escrito tiene un origen y fin algorítmico. De ahí la estructura simétrica y el léxico pulido o la limpidez formal e impersonal. Carece de frescura e imperfecciones. Mi aportación se limitó a un 10% a lo sumo. Me pareció que acudir a la IA podría elucidar el debate con precisión y ecuanimidad (el problema a analizar sería:¿dónde trazamos el límite entre nuestro legítimo deseo de confort individual y la responsabilidad compartida de vivir en comunidad?). Yo, particularmente, pese a que tengo mis propias ideas, prefiero no tomar partido.

Felicito a Ana Iris. Y pido disculpas a los lectores por tomar fáciles y haraganes atajos tecnológicos.

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