Eliot 144

Quise dejar de fumar, y el psicólogo me recomendó una terapia basada o anclada en el mindfulness (sic).

Vándalos y suevos están cruzando ya el Rin. Tipejos acémilas -no todo el mundo son beatíficas hermanitas de la caridad- casi igual a bacterias con mazas, sin un gramo en su sangre de helenización, romanización, cristianización o ilustración ocupan tanto los bungalows, las oficinas, como pobres chabolas. Escribe y memoriza a Adriano, orgulloso de tu aristocrática, gatopardesca soledad:

Animula vagula blandula,

hospes comesque corporis,

quae nunc abibis in loca,

pallidula, rigida, nudula,

nec ut soles dabis iocos.

Mejor ese lugar desnudo que la pelambre sucia del aquí y ahora, con o sin meditaciones para centrarse conscientemente en el ahora.

***

Como me preparé físicamente, subí al Monte Ventoux, con un libro de Agustín en el bolsillo derecho y otro de Petrarca en el bolsillo izquierdo. “Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en Monsieur Teste. La mía es abrumadoramente más simple.

San Agustín escribió alrededor del año 400 “Los hombres viajan para maravillarse de las gigantes olas del mar, de la altura de las montañas, del curso de los ríos y del movimiento de las estrellas; pero nunca viajan al interior de sí mismos para conocerse”. Flaubert dijo “El movimiento es deletéreo”, Baudelaire declaró “Descreo de las líneas en movimiento”. Descreo de la meditación vendida con el movimiento del marketing.

No hice fotos con un palo selfie. No me tosté en la playa como una gamba vuelta y vuelta. No jugué con raquetas de tenis ni pelotas de Nivea. No caí en las añagazas del mindfulness o del budismo zen. Lectura y un buen arroz negro de vez en cuando, especialmente los sábados como hoy, y caminatas con mi perra por los bosques de la aldea. “Conserver l´esprit libre”. Nada más.

«Hoy, llevado solo por el deseo de ver la extraordinaria altura del lugar, he subido al monte más alto de esta región, al que no sin razón llaman «Ventoso». Hacía muchos años que me rondaba la idea de esta excursión pues, como sabes, el hado, que mueve las cosas de los hombres, me ha hecho rodar por estas tierras desde la infancia, y este monte, visible desde lejos por cualquier parte, está casi siempre ante nuestros ojos. Por fin tuve el impulso de hacer una vez lo que me proponía hacer todos los días, sobre todo después de que, leyendo el día anterior en Tito Livio la historia de Roma, di casualmente con aquel pasaje en el que Filipo, rey de Macedonia -el que hizo la guerra al pueblo romano-, sube al Hemo, un monte de Tesalia, creyendo, como era fama, que desde su cumbre se veían dos mares, el Adriático y el Ponto Euxino […] Por lo demás, dejando aquel monte y volviendo a este, me pareció disculpable en un joven particular lo que no se censura en un rey anciano» Petrarca.

Aunque el monte es una mole pedregosa y escarpada, y yo ya no soy joven, me dije como el poeta: «Todo lo vence un trabajo obstinado». Así es, desde la escritura de un libro, al estudio de la Topología Conjuntista, la labor obstinada recompensa. Así que recuerden, en sus días y noches de desidia y abulia, «Labor omnia vincit improbus» (Virgilio, Geórgicas, I, 145-146) También el trabajo sobre uno mismo sin trucos ni atajos fáciles.

Esto tranquiliza mi mente y no técnicas orientaloides de vendedor de crecepelo. Me calma Petrarca (o Milena Busquets), y no centrar la atención en la respiración o estar plenamente atento a los movimientos de mi mano.

Feliz verano de hamaca y vagancia. Feliz verano de libros y estudio. Menos bodhisattva de escaparate y más rigor latino. Menos mindfulness acomodaticio y más Tácito.

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