Eliot 145

Leí con atención su artículo y creo que no le falta razón: el enrejado rosáceo de la mente de muchos adolescentes se está convirtiendo, insensiblemente, en un erial cenizoso. Las redes, debido a su inmediatez, favorecen la merma expresiva y el acortamiento del argumento. A menudo se transforman en órganos diabólicos de linchamiento y en fuentes de ansiedad y de depresión, o fomentan unas expectativas de vida donde la grandeza cede desolada.

Yo no soy un ludita; más bien lo contrario. Simultaneo una formación científica y una humanista, y leo tanto en digital como en papel. Gracias a Internet se me abrieron expectativas intelectuales inusitadas. Me avergüenza algo confesarlo, pero, además de los miles de libros moleculares de mi biblioteca, tengo miles de libros descargados digitalmente.

Se acabaron los tiempos del evangelismo tecnológico ingenuo; existe un consenso científico sobre sus peligros, en especial para los jóvenes. Desearía terminar esta nota —además de felicitándole por el artículo— con una cita del cardenal Besarión. La vida noble no se cifra solo en el scroll infinito ni en grabarte bailando para colgar el vídeo en TikTok. Pudiera resumirse en leer los cuatrocientos ochenta y dos volúmenes griegos y doscientos sesenta y cuatro latinos (el legado de la importantísima biblioteca del cardenal Besarión), con encuadernaciones con decoración a candeliere y acotaciones en los márgenes al Almagesto, los Elementos o el Timeo. O en poder estudiar el De triangulis omnimodis de Johann Müller, Regiomontano, o escribir un pensamiento mortal que guardara pequeña memoria de uno.

La cita de Besarión procede como sigue:

«Los libros contienen las palabras de los sabios, los ejemplos de los antiguos, las costumbres, las leyes y la religión. Viven, discurren, hablan con nosotros, nos enseñan, aleccionan y consuelan, hacen que nos sean presentes, poniéndonoslas ante los ojos, cosas remotísimas de nuestra memoria. Tan grande es su dignidad, su majestad y, en definitiva, su santidad, que, si no existieran los libros, seríamos todos rudos e ignorantes, sin ningún recuerdo del pasado, sin ningún ejemplo. No tendríamos ningún conocimiento de las cosas humanas y divinas; la misma urna que acoge los cuerpos cancelaría también la memoria de los hombres».

Vale.

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