Con una orfebrería de prompt engineering por mi parte (la inyección de un contexto y coordenadas «semilla», stylistic priming, vocabulary constraint y un toque de RAG, y otro toque de iteración conversacional) logré esta maravilla:
«Marzo de 1983, Manresa, Barcelona, noreste de España. Me hallo sentado en la biblioteca, el universo según Borges, pero no sólo por ser la depositaria de nuestra memoria, sino por su naturaleza similar a un organismo. Me atrapan los brazos de un gigantesco pulpo. Algo de frío, sé que es de mañana, que aún duermen en la casa. Yo y mi biblioteca. Glotón de libros científicos y glotón de farándula literaria. Bienvenidos sean los anaqueles, el polvo, las hojas, los peñascos, los salientes, la grava, las grietas rocosas, el coral. Esas ciudades que bullen de gánsteres y deseos morbosos, de tanques de la Segunda Guerra Mundial, y niños desaparecidos regresando de entre los muertos, y huesos desenterrados que portan terribles maldiciones.
Libros: pasión de mi vida. La edición plantiniana de «De bibliothecis syntagma» posee esa nobleza sobria característica de los mejores productos de la Officina Plantiniana, donde incluso los opúsculos menores parecen concebidos para durar siglos en el silencio de una biblioteca humanista. Un silencio conventual y cartujano. No es un volumen ostentoso. Su elegancia pertenece a otro orden: el de las cosas hechas para lectores verdaderos. El ejemplar —en cuarto pequeño, aunque algunos sobreviven recompuestos en octavo por encuadernadores posteriores— suele aparecer revestido en pergamino flexible ligeramente marfileño, hoy fatigado por el tiempo hacia tonos de miel seca y hueso ahumado. El tiempo es el flagelo del hombre. El lomo, apenas combado, conserva a veces restos de tinta ferrogálica donde una mano del XVII escribió simplemente: «Lipsii de Bibliothecis». Nada más. La desnudez casi monástica de esas cubiertas produce una impresión de gravedad intelectual infinitamente más distinguida que muchos hierros dorados del barroco tardío. Onorate l’altissima bellezza».
Creo que el fragmento cae de lleno en lo que los viejos formalistas rusos llamarían «literaturiedad». Es FASCINANTE la IA. Cuando la técnica de prompting se convierte en arte, sobrarán Garcías Monteros.
***
La IA está lejos de reproducir ese torbellino visual que nuestras neuronas desbocadas nos regalan durante un sueño. Tienes razón, Nuño. Pero solo es cuestión de tiempo.
