Eliot 147

Eclipse astronómico que se aproxima como metáfora a otro eclipse: el de los intelectuales. Intelectuales de izquierda que, por pura ignorancia, no entienden el funcionamiento de la economía ni del mercado, y que padecen el sesgo fatal del orgullo y del resentimiento.

Bertrand de Jouvenel postula que la repulsión intelectual al capitalismo no surge de una falla objetiva del mercado, sino de tres «pecados capitales» de la propia psique del intelectual: la ignorancia de los procesos económicos, la soberbia o arrogancia racionalista y el resentimiento por la valoración que el mercado hace de su trabajo.

«El intelectual no comprende el mecanismo impersonal del mercado. Al desconocer cómo la oferta y la demanda coordinan de forma voluntaria las necesidades humanas, percibe la libertad del mercado como un caos moral que requiere la intervención de una mente clarividente: la suya».

«El intelectual se ve a sí mismo como el custodio del bonum honestum (el bien honesto) y mira con desdén al empresario, a quien percibe motivado únicamente por el beneficio personal. Siente una indignación natural ante el hecho de que el mercado recompense el valor comercial y no el valor intrínseco o intelectual».

«Existe en el intelectual una arrogancia implícita: cree que su comprensión superior de las cosas le otorga el derecho moral de decidir lo que la sociedad debe consumir, leer o apreciar, deplorablemente indignado de que el capitalismo deje esa decisión en manos del consumidor común».

«El intelectual se encuentra en una posición incómoda en la sociedad de mercado: descubre con amargura que el valor económico que la sociedad atribuye a su obra es escaso. De ahí concluye que hay algo profundamente corrupto en un sistema que paga más a quien satisface necesidades vulgares que a quien cultiva las bellas artes o la filosofía».

«El resentimiento del intelectual proviene de un orgullo herido: en un régimen de planificación centralizada o bajo el mecenazgo del Estado, él ocuparía el lugar de un pontífice o consejero real; en el capitalismo, no es más que un vendedor de ideas sujeto al veredicto de la masa».

P. S.: El milagro cotidiano de que no exista desabastecimiento en los supermercados, el ajuste espontáneo entre la oferta y la demanda o la formación orgánica de los precios… todos estos y muchos otros mecanismos los ignora olímpicamente el intelectual.

Asimismo, asume que su criterio cultural debería prevalecer sobre las preferencias agregadas de los consumidores, a quienes juzga sumidos en la más crasa vulgaridad.

Se produce entonces un contraste destructivo: compara sus años de estudio en París y Alemania, sus lecturas políglotas y sus refinadas interpretaciones sobre Fra Angelico o Borges con la figura de un empresario patán que se nutre, a lo sumo, de best-sellers, pero que gana cien veces más al mes que él.

Así, cuando sus novelas no se venden o sus cuadros no encuentran comprador, mientras el mercado premia masivamente a figuras como Alejandro Sanz, el intelectual no puede menos que despreciar a un sistema —el capitalista— que, a sus ojos, lo ignora y lo desprecia a él.

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