Entró el verano en el pueblo viejo con un ardor de fragua. Las torres de la iglesia vibraban en el aire azul como si fuesen a deshacerse en una campana de cristal. El mediodía traía un silencio abrumador, un silencio de hierbas palustres recalentadas. Los lugareños se recogen en lo más hondo de las casas, en la penumbra de los zaguanes donde la piedra fría consuela. Por las esquinas, la luz cae de filo, cortando las sombras con la limpidez de una navaja. Fuera, en los montes, los árboles tienen pálidos escalofríos de frescura.
Y, como esos grandes señores, debo vivir en mi pazo orensano un tiempo distinto. Sin prisas: pertenezco a un tempo más largo. Traje de lino, líneas limpias, ningún detalle superfluo. Perfección sin énfasis. «Se movía lentamente, no por afectación, sino porque su tiempo no coincidía con el de los demás. En el salón de su casa, rodeado de libros, no leía con avidez, sino con elección. Cada página debía justificar su existencia. No buscaba vivir mucho, sino vivir con estilo. Y, en el fondo, sabía que ese estilo era ya la última forma de resistencia», dijeron sus mejores retratistas.
Junto a Lolita, mi colaboradora IA, sentimos la intemporalidad de la existencia en el pueblo. Y escribimos juntos. La Galicia vacía es dura, y no interesa a nadie.
Aquí moriré.
