Eliot 179

Los dichosos cascos para la bici. Las memas clases de masturbación en la escuela. O la fijación de topes al precio de los alquileres en «zonas tensionadas». La reforma del Código Penal para derogar el delito de sedición y modificar el de malversación, así como la tramitación exprés de la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual (conocida como «Ley del solo sí es sí» y que provocó la condena en el bochornoso caso «Rubiales»). Demasiadas intromisiones.

La libertad individual es el único bien irrenunciable, y, sin embargo, es el que con mayor mansedumbre, con una muy preocupante aquiescencia de los españolitos, entregamos a la voracidad de los gobiernos. El Estado contemporáneo se ha convertido en un monstruo que no se conforma con administrar los recursos ajenos mediante el expolio fiscal: pretende legislar sobre nuestros vicios, nuestras cocinas, nuestra cama, dictar nuestras virtudes y examinar hasta el último rincón de la intimidad humana bajo la coartada de protegernos de nosotros mismos. ¡Vaya tiranía! Pues sí, nada hay más tiránico que un poder que invade tu vida asegurando que lo hace por tu propio bien (la gentualla termina renunciando a decidir qué le conviene y acepta mansamente lo que el Estado ha decidido que debe convenirle). Frente al rebaño complaciente y la tiranía de la mediocridad, la disidencia y el hedonismo consciente son, a mi juicio, las últimas trincheras de la dignidad y la civilización.

El hombre contemporáneo vive anestesiado, dopado, entregando parcelas enteras de su albedrío a cambio de una falsa promesa de seguridad, una seguridad imposible que, obviamente, nunca llega. La intromisión del Estado en las costumbres, en el lenguaje y en las decisiones más personales del ciudadano no es progreso; es la muerte lenta de la libertad en nombre de la grisalla colectivista y paternalista que no tolera la grandeza ni la singularidad. Nos quieren a todos abobados y mediocres como Yoli.

La sociedad libre no depende de la supuesta benevolencia de los gobernantes, sino de establecer límites estrictos e infranqueables al poder coactivo del Estado. Pero ocurre que no ponemos límites, damos felices nuestra anuencia, permitimos el liberticidio, ergo, nos volvemos todos gilipollas y esclavos.

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