Eliot 180

Me gusta trabajar (mi trabajo no es muy exigente: dar clases y traducir para ganarme el pan, y escribir —esfuerzo sin refrendo en el mercado, lo que me hace sospechar que algo hice mal).

La haraganería y el ocio son puertas por donde se cuela el diablo. Pero sin placer esta vida es insufrible. Quien no haya entendido que una copa de buen vino, un libro sabio y un cuerpo desnudo sobre sábanas limpias son la única justificación de estar vivos, no ha entendido nada de este absurdo paso por el mundo. «La vulgaridad reside en la ignorancia de los sentidos, en el conformismo de quienes comen por alimentarse o tocan por reproducirse. El verdadero placer es un rito aristocrático de la inteligencia: saber demorarse en la piel del otro, reconocer la sombra de Venecia en el fondo de una mirada, beber despacio sabiendo que la noche se acaba y que la muerte vendrá puntual a cobrarse la cuenta. Por eso cada minuto de dicha debe ser un robo perfecto al destino», escribió en Al sur de Macao mi añorado maestro Álvarez.

Los paraísos futuros que nos prometen los mesiánicos socialistas o comunistas son otro género de literatura sangrienta. Mi alegría se cifra en tocar a una joven hermosa como onda rumorosa de luz, delicada como sol de paja entre los encinares. Gozar su peculiar simetría imperfecta, con un ligero desajuste que vuelve inolvidable cada uno de sus gestos, esa ligerísima imperfección que excita, que atrae eróticamente. Su andar, que parece una frase escrita con puntuación algo azarosa: pausas inesperadas, énfasis súbitos, un ritmo que no se deja anticipar. Los pezones como granos de café. El sexo húmedo como toisón dorado.

Y además del erotismo, la cultura. En estos tiempos de velocidad y pantallas, recogerse con un libro, con su alto tempo giusto, es un acto hedonista de insumisión. Admirar el rigor de los juicios lógicos, el esclarecimiento de los asertos filosóficos, gozar de las figuras metafóricas impresas como una sinestesia en la mente contemplativa. Poco más.

El verano. Feliz Ferragosto.

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