Me levanto a las seis sudando; creo que grité. Noche de ensueños terroríficos. Con pavores, temores, imágenes repugnantes, y privación de la respiración. Durante la vigilia, al igual que el hollejo de la uva, ya destilado, y que proporciona un aguardiente candente, durante la vigilia -decía- sufro; ese sufrimiento se transfiere a mi vida onírica llena de arrebatos, y un fuerte, angustioso alcohol.
Me atemoriza la locura (la locura va y viene, nunca se gana del todo, nunca se pierde del todo) Pienso, examino, mido dudas y sospechas, intento desarrollar un tema, y mis ideas se ciñen de un estilo poco mañoso y circunspecto. A veces mis frases y pensamientos se interrumpen bruscamente. Otras pierdo el hilo de mis ideas, o vuelvo sobre el mismo tema o se bloquea el discurso. Monologo fuera de lugar e invento neologismos incomprensibles.
Un diamante es apto para grabar la rápida comprensión. Me falta rapidez y sutilidad para mantener grabado lo que percibo. Nunca tanta locura sojuzgó a una mente antes tan excelente. Aporto al mundo una vileza de percepción y gusto gigantes. Incomparablemente abatido, creo que casi no puedo resistir más.
***
El cerebro tañe la sombra alaba empusas de mármol y, tras nadar su fondo, mezclado de armonías visibles e invisibles, come alcatraces de los muertos. A vosotros, que notáis el sabor de los pétalos en la garganta, a vosotros van dirigidas estas palabras.
LENGUAJE: Una peña de más de varias decenas de metros de altura, compuesta de grandes terrazas horizontales cortadas a pico, y atravesadas por hileras de pinos que crecen en los salientes, viene a cerrar por el oeste el valle. Una cadena de montañas, más elevada y cubierta de bosques, forma una especie de barrera alrededor de esa peña, que se abre solamente para dar paso al río, cuyo nacimiento está a sus pies. Sus aguas avanzan al principio con una majestuosa tranquilidad sobre un lecho tapizado de un maravilloso musgo verde (“Fontinalis antypiretica”), pero enseguida, al desembocar en una pendiente de aguas rápidas, el curso de la corriente estalla en espuma al chocar contra las rocas que ocupan la mitad del lecho, mientras que el agua de las orillas, menos agitada, fluye siempre sobre la tierra verde y hace resaltar el blancor en el centro del río.
Me aterra que, debido a mi esquizofrenia, se fragmente en secuencias transitorias, imprevisibles e irresponsables mi habla, que se acomode a frases repetitivas y circunloquios burdos. Un estupor embotado. Siempre pensé que el lenguaje es como sonar de campanas y juegos sobre el tapete verde. Un cortar la quilla a las gotas de lluvia. Detesto los caminos oscuros y sin destreza de la mente. Como una linda muchacha, rubia, muy morena, muy atractiva, con un fox-terrier en las rodillas, en la habitación de un hotel de Bloomsbury, así deben hilarse las palabras. “For last year’s words belong to last year’s language And next year’s words await another voice”, escribe Eliot en los “Cuatro cuartetos”. Las palabras tienen poder. Las palabras pueden encender fuegos en la mente de los hombres. Para Flaubert, el habla humana es como una tetera rota en la que tocamos ritmos crudos para que bailen los osos, mientras anhelamos hacer música que derrita a las estrellas. Anhelo esa música, esa fuerza estética, bella y musical.
Recuerdo una cita de Ulrico de Estrasburgo en “De Pulchro”: “Imperfectio vel absoluta est, scilicet cum deficit rei aliquid sibi naturalium, ut corrupta et immunda sunt turpia, vel est comparata scilicet cum deerit rei pulchritudo alicuius nobilioris cui ipsum comparatur, precipue si nititur illud imitari”, es decir, “La fealdad puede ser de dos tipos: absoluta, cuando el objeto carece de algo que le corresponde por su naturaleza (y así son feas las cosas corruptas o impuras); o relativa, cuando carece de las cosas más sublimes, a las cuales se compara, principalmente si aspira a reflejarlas”. El lenguaje de un enfermo mental es de una fealdad o absoluta o relativa. El menú no es la comida. La frase imperfecta que no se ajusta al momento.
Época de novelistas modistillas. De una avalancha de ingenuos imitadores de autores de best-sellers ¿Por qué no se engastan al silencio? Al leerlos uno siente en el estómago el mismo temple que si se hubiera tragado una botella de vinagre en lugar de una botella de champán.
Yo (pese a todo una medianía) repaso en sueños los grupos “dl”, “gl”, “bl” y “pl”, y me enervo, y los contrasto, y se vuelven pulpa viva, víscera, y cavilo, y los enfrento en una galería de espejos, y, también, más excitado que fatigado, consulto las voces, cientos de voces, como “carrizada”, “greba” o “hielera, “puertecallera”, “coscoja” o “yogar” en el diccionario, ese festín que cualquier escritor debiera memorizar, o bien me abismo entre los trances y cataclismos -¿anglicanos, puritanos?- de las vocales y las -¿dominicas, doctrinarias?- consonantes bilabiales fricativas. Veo al lenguaje como un óvalo de luces multicolores, casi como desde la perspectiva de un planetario; unas palabras emiten destellos, otras permanecen quietas como estrellas fijas.
Estos novelistas tocados con el bonete episcopal del triunfo, con los royalties de las ventas, me abochornan. Son malísimos. No escriben obras sólidas porque transcurre todo lo suyo en concordancia con la línea general (como el cine de Almodóvar, esencialmente un producto de marketing) Realzan los ídolos estúpidos de nuestra época, el tópico más anodino y trivial. No modelan su prosa con malaquita, jaspe, coral, lapislázuli o cuarzo rosa. Para ellos el lenguaje no es portuario trópico. Escritores sin estilo y sin vida en el estilo, llenan sus libros con arbitrarias manchas de tinta. Para ellos el lenguaje es lo mismo que un Big Mac.
Feliz aquel que, ajeno a los negocios, como los primitivos, labra tierra paterna con sus bueyes libre de toda usura; que no oye el agrio son de la corneta, ni teme el mar airado, y evita el Foro y las soberbias puertas de los más poderosos; y los largos sarmientos de las vides une a los altos álamos, o contempla de lejos su vacada en un valle apartado; y, las ramas inútiles podando, injerta otras más fértiles, o guarda espesa miel en limpias ánforas, o esquila sus ovejas.
Horacio *** En un viejo país ineficiente, algo así como España entre dos guerras civiles, en un pueblo junto al mar, poseer una casa y poca hacienda y memoria ninguna. No leer, no sufrir, no escribir, no pagar cuentas, y vivir como un noble arruinado entre las ruinas de mi inteligencia.
Gil de Biedma *** Bajo el aura del duro sol primero y el trino inaugurado de los pájaros, abandonar el hogar tras el almuerzo, en el breve calor que adelanta el verano. No ir, si tenías que ir a lugar convenido, ni entrar a clase, aunque el estudio importe, ni salir hoy a comprar cosas determinadas… Ponerse a caminar, con el amigo cómplice, que huye también la tarde, por la cuesta abajo, hacia la hierba y los pinos, solitarios… Tenderse allí y hablar del duro otoño, ya pasado, mientras invita el sol a retirarse ropa, y molestan los insectos renovados. Y allí dejar pasar las horas insensiblemente, entre calor y vaho de flores, dormitando. Se charlará despacio, y surgirá el silencio. Y si el sexo incomoda alegremente, no habrá sorpresa. Es huésped esperado y cotidiano… Por lo demás, amodorrarse allí, vivir al sol, dejar pasar el tiempo, y olvidarse de todo. Que ya sabes el verso: Dichoso el que de pleitos alejado.
L.A. de Villena *** Bendita aquella que ama el campo que ocuparon las urbanizaciones, lejos del ruido de los cines, quioscos, bibliotecas. Oh pueblos andaluces asolados por tres siglos de pulgas y veinte años de asfalto, quién divisara vuestras carreteras de pequeños arcenes por donde caminar pegaditos y en fila india bajo riesgo de ser atropellados.
Erika Martínez *** Paz a los hombres. Nunca fue fácil el vivir. Deseo el silencio casto y conventual de la Luna, y vivir libremente, olvidando los años. ¿Gozar de una gloriosa medianía? La tentación de alejarse de los pleitos, y huir, y apartarse, y aspirar a lo mínimo. ¿Desasosiego? ¿Fiebre? Dos ejércitos sin alma. Levántate pronto, desayuna un dedo de vodka con limonada, toma unas tostadas con aceite, ajo y sal, pasea por los bosques con tu perra, y dedica el resto del día a traducir a Pessoa, a contemplar la poblada galería de tus recuerdos… Y cómo agrada entonces que tanto guste lo que los sabios crearon para que te gustase, cómo agrada el recto rímel de las estatuas, el tempo lento y amoroso del piano, bogar por islas donde ella braceó desnuda, la tibieza de las flores, el crepúsculo sobre el río, el cortejo de nubes naranjas al ocaso, el campo cultivado con amarillos serenos. Y cómo acolcha la noche con su libro, o la cumplida modestia de una sencilla idea. De la confusa selva del pensamiento contemporáneo apártate, del mundo mendaz retírate en biblioteca. Ajeno al mundo, aplasta su hosca desmesura. Pide la altura de quedarte al margen: la carne es impura, el espíritu enemigo. Lee -saboreándolos- a Suetonio y Polibio, paladea la rica prosa de Tácito, escucha al sutil animal perfumado de la noche, evita los tenebrosos hoplitas pletóricos de lucha… Graba pues en tu memoria estas palabras, señales y símbolos que rigen tu destino: Feliz aquel que de pleitos retirado.
No soy indiferente al frío del invierno, ni al cornejo exhibiendo sus flores amarillas entre los áridos roquedales. Dormir debajo de la bóveda, con mamá y macetas de cinerarias –azul sobre azul- Me atemoriza mi solitario corazón helado. Pronto (por propia mano) llegará mi fin: ¡Antes que las lluvias de verano, con sus resplandecientes hojas, todo lo estropeen!
¿Escarfucear, Baltimore, sanguijuela, limosna, patata frita? ¡Contestadme ya, cabrones!
En el nombre de hoy, viernes vulgar de enero, de un dos mil y pico vulgarísimo, lluvia y nubes sin sol. Temperatura inhóspita. Tiempo frío, incapajuso y nóvalo. Hidromonios, tusmelgos por el aire, y también pájaros. Recuerdo mi infancia: placer en las palpitaciones del corazón, calles floridas de muchachitas, aleación de oro fijo e indestructible azur. Colores sucesivos y claro de luna cuando, al anochecer, volvíamos de Sitges. Infancia: aquella leontina de medallón rizado como una valva en cuyas hojuelas mi madre llevaba una miniatura mía. Desplegarse de ángeles limpios en un salón de té con violines.
Ahora, arrojarse al suelo, llorar a gritos, estremecerse con un berrinche de alucinaciones, angustia y delirios. El asco avanza en forma de grasiento vómito revuelto con grumos de ajiaco. Perennemente cansado, y sin fe ni valor. Sin esperanza. Temblor. Vacío. Muerto en las brasas, en el suelo del océano, con un cojín contra la boca que me impide respirar. Tengo que medir con mi cerebro que no funciona bien la disfunción de mi propio cerebro. El espectro decapita faunos, el espectro recorre lágrimas hundidas en hierro, y siente áspera la longitud de la tierra y de mi cuerpo.
Sucia la cara con albayalde; arreo de los locos. Pienso un tema: tachas, ralladuras y torpor. Mi mente preñada de mema omnipotencia saltígrada, embolismática. Conjuntos vacíos, incomunicación y fatiga. Intento cambiar de niveles lógicos (“Cambiar de lógica es cambiar de tema”, Quine) y el barullo es una torcida red de vías que no cobra ni un mínimo de entendimiento. Esto ya es el final. Encerrado en mi habitación, incapaz de pergeñar unos párrafos o leer media página. Agreste gesto inexpresivo. Conciencia y atención turbia que no se concentran en nada.
Las palabras se sueltan, cada vez menos bellas y concupiscentes. Me entristece su colorido de niebla pálida, violeta, casi oscura; palabras que rompen su caparazón y se tintan de un negro ébano; su luminosidad es fría, cadavérica, con la mejilla hacia fuera de la lengua; son una infra-conciencia, como seres catatónicos; palabras que no puedo ver, oír ni tocar; contritas, humilladas, corruptas, perdidas, desamparadas. Esto ya es el fin.
No logro evocar un lenguaje no mutilado, enternecido por horas de confiada compañía. No logro evocar su penumbra dorada, aquella fascinación misteriosa como un amanecer en Estambul. Fui un joven de aspecto saludable, y un escritor mediocre, pero apañado. Esto es el fin. De cometa por el cielo a descabezada pulga. De Kublai Kan, a este país tenebroso y descompuesto. Esto ya es el fin.
***
Ruano diría «la calle está llena de panaderos con su vilísima honradez» y Henry MIller, que durante un tiempo ejerció de profesor universitario, escribiría de sus alumnos «Se convertirán en carpitenros, abogados, farmacéuticos, funcionarios…gente tan respetable como lamentable».
Maestro, su legado trasciende las palabras escritas en piedra. No pasan las palabras con que los Grandes recuerdan a los Grandes. Abramos sus libros; al fondo se ve el mar. Su espíritu poético vive en la memoria perpetua. LA HISTORIA CONTINÚA DE LUTO. Permítame reformular, con un vodka en la mano, el epitafio de Keats, para honrarle a usted: “José María Álvarez (1942-2024). Aquí yace Aquel cuyo nombre fue escrito en el Arte”.
Trazado parecía su destino, envejecer, morir en su aldea cuidando los montes y animales. Pero un día un sabio tocó a su puerta, y de sus labios oyó, un mundo de imaginaciones, palabras, tesoros y libros, haciéndole soñar otra fortuna. Dejó aperos y vacas, y se echó al camino. Se hizo hombre, conoció fuertes y fronteras, champán rubio y mujeres. Ensanchó vida y destino. Oh tú caminante, que lees las letras de esta tumba: atrévete en el fragor riesgoso de la vida. Escribe, hasta que sangres, y los bosques unánimes te olviden.
Yo, Christian, yago aquí. De esta pequeña aldea afamado -con escarnio- por rarezas de escritor y loco. Asustó el descomunal estrépito de mi soledad, y el negro demonio reclamó el brillo de mi abismo, y los niños se arremolinaban para tirarme gusanos, porque yo, Christian, sufrí la insulsez e inquina del pueblo. Mi soledad desbaratada fue vista como herejía. Caminante, tú al menos, no me censurarás, si conoces la fiereza de estas gentes, si te apiadas al imaginar la vehemencia de mi vida, el pringoso lecho insomne en que me acosté, lo voluptuosa y llena de miseria que solo pudo ser.