Solícitas, amadas y ligeras, siempre en mí, veleidosas damas que previenen mis brumas cansadas en acantilados híspidos. Bongós aborígenes, marimbas, sinfonías etruscas, mosquitos risueños, Atenas y Romas, gracias por permitidme llegar a mi yo más puro, aquel abominablemente embebido de amor, ese loco centro de ser inmóvil y real que orbita alrededor de vuestra luz de Luna, gràcies, nines meues, per l´amor, doncs no ens espardoeix l´aire de familia i el cor -sens corbs- alleuja l´ensopiment.
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12 DE OCTUBRE
Todos aquí, ricos y pobres, bobaliquean, y el dinero hace de un sinvergüenza un emperador, y de un rey un ladrón, todos cofrades de chinganas y burdeles, gentuza corrupta, hachos, culebras, y yo, de buen linaje capaz y liberal, poco puedo entre sapos y gordas charcuteras. España fratricida, estramonios y acónitos, amargo mar del norte, fosca podredumbre de Madrid y Barcelona, Alhambra que a pedazos cae, crujir escabroso de gargantas duras y cabezas huecas, irrespirable tierra sanguinolenta, alevosa y traidora, pobre y ruin cadáver por carroña sitiado.
No existe una opción verdadera entre aquello que llamamos una cultura nacionalista y otra universal. Cultura nacionalista es una contradicción en los términos. La cultura no es un instrumento al servicio de no sé qué defensas estratégicas, primacías providencialistas o exhumaciones artificiosas de tótems folclóricos. Cultura es ABRIRSE SIN RESERVAS, CONTRASTE DE TODAS LAS EMBESTIDAS VIVIENTES, CONFLUENCIA DE UNA HUMANIDAD DESINTERESADA Y COMPLEMENTARIA. Lo exclusivamente castizo y pintoresco, el ombligo aldeano, la fatuidad de mirar desde la enana ventanita y villorrio, es un error de culturas acomplejadas y a la defensiva. CIVILIZACIÓN ES EXPANDIRSE HACIA ARRIBA. Y GRANDEZA.
La cultura universal es una tradición, un privilegio y herencia de la colectividad. Prendarse de los mejores libros, en cualquier idioma. En catalán y mallorquín, por ejemplo. O en francés, italiano, japonés, checo y alemán. Hay que ser muy flojo para solo leer de tu masía y comarca. Duro de sesera como es dura la madera del icaquillo.
Yo escribo, voy “estotjant” mi obra a ordenador para cuando esté muerto. A veces pienso que la literatura está escrita en una imaginaria -¿lulista? ¿algebraica?- lengua universal como una criatura inocente y dúctil, donde reverberan sonatas de palabras de piel amarilla, de maravillosos blancos, donde saltan fogosas rojeces isleñas, y lámparas altas, y placas de gramófono. Luces sacarinosas, ateneístas, magentas y verdes lima, moradas, caóticas, archiduquesas. Ah palabras sangrientas y ultrajantes, suaves y tórtolas, como “parrupeig”, “vollpellatge”, “vectigal”, “esblalama”, como “muebda”, “unco” o “bellido”. Vibran como ciudades nocturnas y adiestrados halcones.
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Madrugada. Me levanté a las tres e ignoro –vacío en la memoria- a qué hora me dormí. Soñé que iba montado en un aeroplano de los años treinta y veía abajo una sucesión de letras en caracteres tipográficos distintos, desde los medievales (uncial, gótico, carolingio) hasta los de los actuales procesadores de textos. La avioneta corría velocísima y describía una asíntota que nunca se encontraba con el suelo, aunque paulatina y vertiginosamente, estaba cada vez más cerca. Notaba el aire apretándome muy fuerte las gafas de goma.
La belleza, el lenguaje, es un vuelo. Ojo, oído y olfato discurriendo por los diccionarios y almanaques. Felicidad acechadora, sombra cernida. Las letras son como un nietecillo echando los dientes. Todo va hacia adentro y hacia afuera.
Noche alta. Los caminos perdidos con las lluvias últimas y el agua derramándose sin uso ni tasa, por zanjas y regueras, hace más sola la aldea con su silencio. “Silencio”, Dios, qué palabra.
Ponen en la radio “Llorona”, de Chavela, una de nuestras canciones preferidas. Las flores del camposanto. Hablé con Noemí y estipulé ante notario que me incineraran y mis cenizas reposasen en el mirador del bosque junto a las tuyas. Dormidos nos estaremos quietos. En llegando el olvido nos amaremos por siempre. Soñaremos que estamos vivos. Mamá, la centella invisible muda y brillante es nuestro cabello rubio dentro del bosque. Nuestro amor siempre joven vive en sus espejos. Nuestro amor, al cabo, ¿por qué no elogiar su eternidad? Amor sin palidecer, ni veranos ni inviernos. Tapame con tu rebozo porque me muero de frío.
ESCUCHANDO A MOISÉI SAMUÍLOVICH VÁYNBERG CON UNA MENORÁ ANTE MIS OJOS
Pieles de serpientes en Weimar. Mirad a los judíos subiendo a los trenes vagando con sus ojos caídos y pálida tez. Alemanes o Hamás, os acuso: las bota sobre sus ojos de papel, la bota nazi sobre el cuello, el estómago rajado como una caverna en el secuestrado. Roncan los alemanes en sus ático con chaquetas de mil colores. Negros piojos caminan sobre la piel del judío. Ojalá solo la muerte fuera herida mortal. Recé un millón de veces, pero mi madre y mi padre murieron anoche. Es más fácil matar a un judío, más fácil matarlo que hacer un poema o celestial música.
Las 3 de la mañana. Escribo esta nota escuchando a Maria Anna Cecilia Sofía Kalogeropulu, María Callas, cantando con la orquesta de la Scala de Milán, el área Santuzza de Caballería rusticana. Lloro de felicidad.
Los múltiples aspectos, ay, de la felicidad. Pero la felicidad no tiene premisas lógicas. “Glück ist ohne Grund”, la felicidad no tiene fundamento ni razón. No puede reducirse a ecuaciones matemáticas ni a leyes biológicas. La mayoría de procesos orgánicos se producen en medio de una complejidad colosal; nos bombardea el sistema nervioso (miles de receptores) nuestros músculos, tendones, articulaciones, fascias, y muchos otros órganos corporales, pero la felicidad es sin por qué.
Ayer leía -lo encontré en una librería de viejo- el nº 87 de “Revista de Occidente”. Disfruté como una bestia con artículos de Aurora de Albornoz y Uslar Pietri, con una nota de un novísimo Savater a Cioran (su “Mauvais Démiurge”), y sobre todo con un articulillo o crítica -me saltó el corazón de alegría- del malogrado Alfredo Deaño, muerto muy prematuramente, cuando tenía toda una vida por delante para desarrollar su obra. Horas de felicidad.
Con mis naves me adentro en la noche, faenando en sus aguas, viendo las obras de la Luna y sus maravillas en lo profundo. ¿Felicidad? Permitidme la atingencia de Petrarca: “Reduci i pensier´vaghi a miglior luogo”, “Encamina los vagos pensamientos a mejor sitio”. Gracias. De veras.
“Es un placer constatar, en el primer Gobierno del Ególatra, que no hay ni una sola persona de valía. Todos, del primero al último, son eso que los asturianos llaman un pocovale. Sólo falta López, Patxi, el que más risas provoca.
Es sorprendente cómo los jefes malvados y egocéntricos sólo consiguen mantener a su alrededor a los caracteres más anodinos y cuanto más mediocres mayor poder les conceden. Eso es porque son aquellos a quienes menos temen, como al tal Bolaños, que siempre ha tenido alma y cuerpo de chivato de la clase a quien todos desprecian y maltratan, pero saca muy buenas notas, como era de esperar.
¿Se puede hacer algo para remediar tanta insensatez? Bueno, aparte de hacer la puñeta todo cuanto sea posible, aunque sólo se haga por diversión, poco más se me ocurre. Eso sí, no hay que perder un minuto en frivolidades. Ellos han comenzado la guerra, nosotros, como en tiempos de Franco, hemos de iniciar una conspiración tenaz e incansable. Por fortuna, veo en los informativos que cada vez hay gente más joven en el bando de la insumisión”, Félix de Azúa.
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«En mis contactos fugaces y subalternos con la política básica el descubrimiento que más me sorprendió fue no tanto su inmoralidad como la mediocridad de esta inmoralidad», Jean François Revel.
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«El culto del Estado es el culto de la fuerza. No hay amenaza más peligrosa para la civilización que un gobierno de incompetentes, corruptos u hombres viles. Los peores males que la humanidad haya tenido que soportar fueron infligidos por los malos gobiernos», Von Mises.
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Para mi maestro C. Rodríguez Braun: “Una nación que intente prosperar a base de impuestos es como un hombre con los pies en un cubo tratando de levantarse tirando del asa”, Winston Churchill.
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¡España! Recuerdo unas palabras de Shakespeare que recordaba asimismo mi malogrado y añorado maestro Álvarez:
Rey Lear por boca de Edgard (Acto IV, ESCENA I):
“O Gods! Who is´t can say I am at the worst´? / I am worse than e´er I was”.
Y él mismo se responde: “And worse I may be yet; the worst is not so longe as we can say ´This is the worst´”.
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Para darle vueltas: «There can be no socialism without a state, and as long as there is a state there is socialism. The s
tate, then, is the very institution that puts socialism into action; and as socialism rests on aggressive violence directed against innocent victims, aggressive violence is the nature of any state», H.H. Hoppe.
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Asiento terminantemente: “It is no crime to be ignorant of economics, which is, after all, a specialized discipline and one that most people consider to be a ‘dismal science.’ But it is totally irresponsible to have a loud and vociferous opinion on economic subjects while remaining in this state of ignorance,” Murray N. Rothbard.
Sánchez pasará, y el sucesor de Sánchez, y el sucesor del sucesor de Sánchez. Todos los poderes son perecederos y no hay gobierno sin final. Sin duda es cierto aquello de Tácito: “Omniaque orta occidunt et aucta senescunt” (“Todas las cosas que nacen y crecen, mueren y envejecen”)
La cabeza del mundo no es Sánchez, no es el astro rey de las constelaciones, solo un nombre y un hombre, que no merece un religioso, acrítico y servil acatamiento. La usurpación (inmoral, pero legítima), corrupta y con mala fe, del ejecutivo, dentro de un tiempo en agraz que profetizo próximo, provocará su caída. España necesita despertar mediante una acción inteligente y enérgica de la oposición.
De Italia (y en especial sobre Roma) pidió Petrarca: “No espero que ya nunca más de su perezoso sueño mueva la cabeza aunque alguien la llame, tan corrompida y oprimida está y en tal grado […] Si ponemos las manos en su venerable cabellera las desgreñadas trenzas rebosan desidiosas de fango”.
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Ortega: «Gravitan sobre nosotros tres siglos de error y dolor… España es un dolor enorme, profundo, difuso». Y, sobre lo que España debe ser: “Necesitamos transformar a España, hacer de ella cosa distinta de lo que hoy es ¿Qué cosa? ¿Cuál debe ser esa España ideal hacia la cual orientamos nuestros corazones, como los rostros de los ciegos suelen orientarse hacia la parte donde se derrama un poco de luminosidad?” “Que nuestras voluntades, haciéndose rectas, sólidas, clarividentes, golpeen como cinceles el bloque de amargura y labren la estatua, la futura España magnífica en virtudes, la alegría española”.
Según V. Camps: «El mayor mérito de “La España invertebrada” fue atribuir la desvertebración de España y de Europa a la desmoralización colectiva”.
España sigue siendo el país más anormal de Europa. Aquí se ha producido tradicionalmente una selección inversa, es decir, se han elegido a los peores frente a los mejores, y se hace necesario -antes y ahora- formar minorías selectas que promuevan un futuro mejor para el país. Pero eso no se adivina de ningún modo. Nos gobiernan -a diestra y siniestra- los peores.
¿Algún día saldremos del fango? ¿Quién desea que España no tenga éxito? ¿Por qué nuestra historia se parece tanto a una agitada epilepsia?
Debo acabar este –último- libro lo antes posible. Escribo apremiado; siento el cañón de la punta del arma en el corazón, que dispara hacia el centro del pecho. Para mí significa un conspicuo lujo trabajar LENTAMENTE. Cincelar como un orfebre la frase en mi “chambre de bonne”, estudiar el libro en conjunto y en sus detalles, diseñar los “túneles” entre las partes. Mi salud –malísima- no me permite una quinicha o empecinada, una inflexible, intransigente, obsesiva, insomne y fanática labor de escritura y reescritura. Muy lejos la cima de los primores y acabados de las “Belles Lettres”.
El equilibrio, la armonía invisible, la difícil facilidad, la palabra administrada a conciencia, el fluir melódico, el peso, la meditación de la estructura de la oración, el sopesar imágenes graves o bien ligeras, la vitalidad de una gramática como de buen carpintero, en fin, el ejercicio flaubertiano de conquista de la perfección a través del trabajo duro y la demora, ese esfuerzo que deviene en grandeza y que Aristóteles ponderó en “Edipo rey”, eso, todo eso, me está vedado.
Escribo seminalmente, a ráfagas inmediatas. Mi obra personifica a las mil maravillas estos tiempos de bagatela, publicidad y mediocridad. Bajo mi pentalogía, subyace la quintaesencia de la cultura moderna: su vulgaridad extrema.
En tantos autores que leo me pasma la maestría en la ejecución, que no les tentara la natural pereza de dejar o abandonarse a las primeras versiones y bocetos. No les aterraba la perspectiva del trabajo serio requerido para lograr la excelencia. Eran como una ducha limpia ante tanta suciedad de los escritores de ocasión de ahora. Mi impetuosidad e impaciencia (aunque no se sobreentienda -quede claro- que con mucha vida por delante haría una gran obra, SOLO UNA OBRA ALGO MEJOR O MENOS MALA), mi impetuosidad, decía, el que busque el camino corto, los atajos, ese asediar la ciudadela tan rápido, solo tiene una razón: escribo contra la muerte.
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Sueño con la intimidad de un jardín tranquilo. Con visitar (y pasear) a paso de tortuga ciudades que amo. Con tener mi propio “hansom cab”. Y encargar un soberbio cestillo de camelias. Sueño con la transparente belleza de leer mis libros adorados poco a poco. Sueño con estos versos de Yeats:
Venid, mofémonos del Grande que tenía tantos pesos en su mente y tanto trabajaba y hasta tan tarde para dejar atrás un monumento sin pensar en el viento que arrastraba.
Cuatro eran los géneros de la elocuencia según Macrobio: sobreabundante, conciso, descarnado y ampuloso ¡Hay que ver las angustias que pasamos los escritores! Uno se tambalea por una palabra, una frase, incluso por una letra, que puede herir con aspereza el oído.
Quisiera ser recordado como escritor. Pese a que vacilé -vacilo y resbalo todavía- demasiado en poesía y prosa ¡qué difícil es escribir! Ya lo advirtió, y solo gramaticalmente (el nivel más elemental) Prisciano: “Praeteriti perfecti multiplices et variae sunt regulae”. Aún con suma inteligencia tu libro puede escamotear temas y designios fundamentales. Permitan pues que me refugie en Séneca: “Nimis anxium esse te circa verba et compositionem, mi Lucili, nolo: habeo maiora quae cures. Quare quid scribas, non quemadmodum” (“No quiero, amigo Lucilio, que estés demasiado angustiado sobre las frases y la redacción: tengo para ti preocupaciones más importantes. Busca qué escribir, no cómo escribir”)
Las letras son de pocos, la vida de todos. Y la mía temo acabará en breve. Mi alma, esa hipóstasis, ese mito, cuando menos, empieza a tranquilizarse y aquietarse, lejos de pasiones juveniles. Valga yo mucho o valga poco, sigo vivo, y me ufano de despreciar al mundo.
Pero se lo confieso: nunca desprecié a todos, nunca los desprecié (antes al contrario) ni me puse a mí mismo por las nubes. Eso solo fue una máscara literaria, una figura retórica. Me gustaría, insisto, que me recordaran como escritor, un escritor menor, pero escritor, un escritor empujado por la lectura de libros de brillos eternos. Mi obra no fue más que una minúscula pulga a lomos de un elefante.
Estoy enfermo. Juan de Valdés escribió sobre ello: “La enfermedad, en cuanto aflije i atormenta al cuerpo, no hai duda sinó que es mal, pero en este mal no hai porqué vos os hayáis de perturbár ni atemorizár, siendo zierta que tanto, cuanto será más marchita vuestra carne, será más gallardo vuestro espiritu; i pues vos tenéis intento al espíritu i no a la carne, no hai porqué os haya de perturbár la enfermedad”. Linda ciencia ficción. Que los gusanos se den un pantagruélico festín con mis carnes. La Nada será.
Placeres, y agravios y daños, me infligió la vida. La enfermedad deformó mi rostro, pero todavía estoy despierto, creedme, no ando dormido, solo callado, evocando los sueños de un pasado demasiado breve. Ya no veré grandes cosas en la tierra, ni me maravillará el que se lleve a cabo lo que antes de hacerse parecía imposible.
Este Imperio Decadente, este Océano Gris, lleno de hombres hoscos y huecos, reside en una tierra infernal. Lo noble y grandioso cae, y no lo verán ya mis ojos. En Lucas I, 33, leemos: “Y su reino no tendrá fin”. Desconfío de Dios, dioses y reinos supra-lunares. Culmina aquí, con el último volumen de esta pentalogía, sin nostalgia ni queja, devanándose en el hilo de la memoria de las palabras de Cicerón y sus pares, una especie de autobiografía sin vida.
Mi inteligencia fue más desordenada que penetrante, buena para el estudio académico y memorístico, pero mala para la creatividad no convencional. Me incliné por la prosa refitolera (ornato de Camagüey) y la poesía sin calibre. Indagué en nuestras discordancias políticas, en la historia, en epifanías, pero mi lengua no fue brillante ni eficaz, más bien mortecina y débil. Doy poca importancia a la vana gloria del habla: hablo como un niño. En el campo paso -algo atristado- mi destierro.
La paz es necesaria. Adiós.
Si Zeus quiere, continuaremos leyendo y escribiendo.