Diario de Aquitania 21

Componer con metro, medida y tiempo.

Debo acabar este –último- libro lo antes posible. Escribo apremiado; siento el cañón de la punta del arma en el corazón, que dispara hacia el centro del pecho. Para mí significa un conspicuo lujo trabajar LENTAMENTE. Cincelar como un orfebre la frase en mi “chambre de bonne”, estudiar el libro en conjunto y en sus detalles, diseñar los “túneles” entre las partes. Mi salud –malísima- no me permite una quinicha o empecinada, una inflexible, intransigente, obsesiva, insomne y fanática labor de escritura y reescritura. Muy lejos la cima de los primores y acabados de las “Belles Lettres”.

El equilibrio, la armonía invisible, la difícil facilidad, la palabra administrada a conciencia, el fluir melódico, el peso, la meditación de la estructura de la oración, el sopesar imágenes graves o bien ligeras, la vitalidad de una gramática como de buen carpintero, en fin, el ejercicio flaubertiano de conquista de la perfección a través del trabajo duro y la demora, ese esfuerzo que deviene en grandeza y que Aristóteles ponderó en “Edipo rey”, eso, todo eso, me está vedado.

Escribo seminalmente, a ráfagas inmediatas. Mi obra personifica a las mil maravillas estos tiempos de bagatela, publicidad y mediocridad. Bajo mi pentalogía, subyace la quintaesencia de la cultura moderna: su vulgaridad extrema.

En tantos autores que leo me pasma la maestría en la ejecución, que no les tentara la natural pereza de dejar o abandonarse a las primeras versiones y bocetos. No les aterraba la perspectiva del trabajo serio requerido para lograr la excelencia. Eran como una ducha limpia ante tanta suciedad de los escritores de ocasión de ahora. Mi impetuosidad e impaciencia (aunque no se sobreentienda -quede claro- que con mucha vida por delante haría una gran obra, SOLO UNA OBRA ALGO MEJOR O MENOS MALA), mi impetuosidad, decía, el que busque el camino corto, los atajos, ese asediar la ciudadela tan rápido, solo tiene una razón: escribo contra la muerte.

***

Sueño con la intimidad de un jardín tranquilo. Con visitar (y pasear) a paso de tortuga ciudades que amo. Con tener mi propio “hansom cab”. Y encargar un soberbio cestillo de camelias. Sueño con la transparente belleza de leer mis libros adorados poco a poco. Sueño con estos versos de Yeats:

Venid, mofémonos del Grande
que tenía tantos pesos en su mente
y tanto trabajaba y hasta tan tarde
para dejar atrás un monumento
sin pensar en el viento que arrastraba.

Sueño con NO MORIR.

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