Diario de Aquitania 20

Las cuatro de la mañana. Me apeo del carruaje, camino del palacete Saint-Euverte, donde me tranquiliza la idea de poder leer el resto de la noche. Nada afea, ningún elemento enturbia mi fascinación todavía adolescente por la lectura. Cada madrugada me invitan los libros a una ceremoniosa fiesta, y yo les correspondo vistiéndome con trajes de gala.

Examino brevemente el decorado de palacio. En la biblioteca, se despliegan ante mis ojos estantes con nobles libros, no muchos, pero selectos. Me inclino por un tomo forrado de carmesí: Wilamowitz: “Platon. Sein Leben und seine Werke”, Berlin, 1959. Volumen verdaderamente olímpico.

Y leo. Leo como un desenfrenado amante en su auriga, desconcertado, henchido de deseo, compañero al fin de la concordia, la tranquilidad y la filosofía.

Diario de Aquitania 19

Jules Renard dijo que era discípulo de su biblioteca. Frente a las especulaciones inmotivadas y gratuitas, frente al simplón blablablá, uno puede refugiarse en la lenta reflexión de las sentencias y argumentos de sus libros. La iglesia pertenece a Dios, pero tus libros solo te pertenecen a ti. Ese es su poder y su gloria.

Entro en mi biblioteca y me arrepiento de salir de ella. Antes de leer, elegir, cuidadosamente elegir. El libro debe ser, ay, una bola de luz en la mano, comentó Pound. Y no falta quien desprecia los libros y prefiere -dice- aprender directamente de la vida; aunque así, no lo duden, no se suele pasar del prólogo de la existencia.

Recuerdo haber leído algo de Savater que inmediatamente apunté en mi “Tagebuch” y que ahora transcribo:

“Ser por los libros, para los libros, a través de ellos. Perdonar a la existencia su básico trastorno, puesto que en ella hay libros. No concebir la rebeldía política ni la perversión erótica sin su correspondiente bibliografía. Temblar entre líneas, dar rienda suelta a los fantasmas capítulo tras capítulo. Emprender largos viajes para encontrar lugares que ya hemos visitado subidos en el bajel de las novelas: desdeñar los rincones sin literatura, desconfiar de las plazas o las formas de vida que aún no han merecido un poema. Salir de la angustia leyendo; volver a ella por la misma puerta. No acatar emociones analfabetas. En cosas así consiste la perdición de la lectura. Quien la probó, lo sabe”.

Vivimos tiempos, mundos fúngicos, sin ingenio, polvorientos, discretos. Tiempos atrasados, no letrados. Los libros, qué duda cabe, multiplican la vida y la gracia. Son el diván o consejo de los sabios y de la buena vida. Son un antídoto contra el gas de los pantanos, y del vacío cotidiano.

Steiner: “El libro era un objeto doméstico, estaba disponible para ser releído a voluntad. Su poder indeterminado era incalculable, podía tener efectos totalmente dispares sobre sus lectores. Podía exaltar o envilecer; seducir o asquear; apelar a la virtud o a la barbarie; magnificar la sensibilidad o banalizarla. De una manera que no podía ser más desconcertante, podía hacer las dos cosas, casi en el mismo momento, en un impulso de respuesta tan complejo, tan rápido en su alternancia y tan híbrido, que ninguna hermenéutica, ninguna psicología podía o puede predecir ni calcular su fuerza”. Fuerza atómica, en efecto. Y acaso fuerza santa: “Donde se quiere a los libros, también se quiere a los hombres”, Heinrich Heine.

***

De noche. Estoy cansado, pues escribí mucho. Oigo el sincopado ruido de la caldera. Fulgura en mitad de la noche la biblioteca de mi casa como una chica de ojos verdes. El valle se viste de gasas lívidas. Montaña: caminitos profundos sobre un arco vegetal. Mi perra, enroscada, juega con el silencio.

Libros: majestad y masaje de una ópera de lluvia en la hondonada, que, golpeando el río, llama a trasgos y ninfas.

Diario de Aquitania 18

(NUTRIMENTUM SPIRITUS. Inscripción en la Biblioteca Real de Berlín)

“El amor a los libros, lo vuelvo a decir, dura toda la vida, nunca desfallece ni falla, sino que como la Belleza misma, siempre es un placer”, George Holbrook Jackson.

«El librero M. Lehec amó sus libros de tal grado que no fue capaz de venderlos, pues consideró que serían muy raras las personas dignas de merecerlos», Guillaume Apollinaire.

«No es probable que te enamores de alguien, por encantadora que pueda ser esa persona, si la conoces de toda la vida. Lo que conoces perfectamente no te lleva a enamorarte, y enamorarse de un libro no es muy distinto de enamorarse de una persona», Harold Bloom.

«Un gran libro sigue siendo un pedazo de tranquilidad, suculenta y nutritiva en un mundo ruidoso, al cual me acerco y bebo con “una especie de ávido goce”, como Marcel Proust dijo de esas habitaciones de su antigua casa, cuyo aire estaba “saturado con el bouquet del silencio”», George Boole.

«Ningún hombre carece de amigos mientras cuenta con la compañía de buenos libros», Johann Christoph Friedrich Schiller.

«Estimo tanto los libros que me los figuro vivientes y que, al leerlos, converso con ellos», Jonathan Swift.

«Unos aman los caballos, otros los pájaros y otros las fieras; yo, desde niño, estoy poseído por un terrible deseo de poseer libros», Juliano.

«El bibliómano tiene libros para poseerlos, para darle gusto al ojo; toda su ciencia se limita a saber si son de buena edición, si están bien encuadernados; en cuanto al contenido, es un misterio en el que no pretende iniciarse», Julien Cain.

«Parece que la afición por los libros crece con la inteligencia, un poco por debajo de ella, pero en el mismo tallo; como toda pasión, está ligada a una predilección por todo aquello que rodea su objeto, que tiene alguna relación con él y se comunica con él incluso en su ausencia», Marcel Proust.

«La pasión por los libros, que parece es de las más nobles, es una de aquellas que tocan de cerca la manía. Alcanza toda suerte de grados; presenta toda la variedad de formas y se clasifica de acuerdo a sus particularidades como su objeto mismo. Se diría innata en ciertos individuos y producida por la naturaleza, se presenta en algunos desde muy temprana edad», Sainte Beuve.

«…todas las veces el gusto por los libros se adquiere paulatinamente. De joven, de ordinario se advierte poco su precio; se abren, se leen y se les rechaza fácilmente. Se les quiere novedosos y que halaguen tanto a los ojos como a la fantasía. Se busca un poco la misma belleza que en la naturaleza. Amar a los libros viejos como gustar el buen vino es signo de madurez», W. Pater.

«Quien hace un libro parte de sí, debe saber que, como hijos adoptados, los libros necesitan casa, comida y sustento», San Anselmo.

«El temblor estético provocado por el libro tiene lugar a través de los sentidos: la vista, que disfruta la simetría y las proporciones; el tacto, que prolonga el placer de la mirada en el sello de agua o en la textura del papel; el olfato, reconocedor del sitio de origen del libro; el oído, que goza el peso y el paso de las hojas; el gusto, cuando identificamos la piel de una encuadernación, Menéndez Pidal.

«Desde la fundación de la legendaria biblioteca de Alejandría, el hombre ha tenido la inquietud de conjuntar en un espacio todo el saber existente y esta obsesión ha dado pie a otra igualmente complicada: ¿Cómo ordenar este universo? La historia de las llamadas librerías y de su catalogación lo demuestra: la biblioteca es un laberinto arbitrario en el que el usuario debe rescatar cada libro de la categoría a la que ha sido condenado durante su catalogación», Alberto Manguel.

«El ambiente de las bibliotecas, aulas y laboratorios es peligroso para los que se encierran en ellos demasiado tiempo. Porque los separa de la realidad como una niebla», Porfirio Barba Jacob.

“Cuánta gente hay sobre cuya biblioteca se podría escribir, como en los frascos de las farmacias: “Para uso externo””, Alphonse Daudet.

«No hay tal cuna de la democracia en la tierra como la Biblioteca Pública Gratuita, esta república de las letras, donde ni rango, cargo, ni riqueza recibe la menor consideración», Andrew Carnegie.

«Solo los que la han llevado a cabo conocen la magnitud de la tarea que es mover y ordenar unos cuantos miles de volúmenes. Por ahora poseo 5,000 volúmenes y son más queridos para mí que los caballos de los que me estoy deshaciendo, o que el vino de mi bodega, que se va muy fácilmente y del que también me enorgullezco», Anthony Trollope.

«Lo que es más importante en una biblioteca que cualquier otra cosa, que todo lo demás, es el hecho de que existe», Archibald MacLeish.

«Soy el santo, orando en la terraza, como las bestias pacíficas que pacen hasta el mar de Palestina. Soy el sabio del sillón sombrío. Las ramas y la lluvia se lanzan contra la ventana de la biblioteca», Arthur Rimbaud.

«Como las capas de la tierra conservan los seres vivos de épocas pasadas, así conservan los estantes de las bibliotecas errores pasados: vivos y muy ruidosos, como aquellos una vez, pero ahora, rígidos y petrificados y que sólo estudia el paleontólogo literario», Arthur Schopenhauer.

***

Las bibliotecas son la única memoria segura y duradera del género humano, la manera en que cada uno de nosotros, que no posee más que una memoria muy limitada e incompleta, conecte con la del género humano.

Mi biblioteca es rica, no exigua, pero muy mal ordenada. Son tal la masa de conocimientos dispersos, que me cunde poco. Heredé una biblioteca, la de mamá, y, esto acaso mejor, durante toda una vida reuní otra.

Los libros nos conectan con la intuición y el conocimiento, dolorosamente extraídos de la naturaleza, con las mentes más grandes que alguna vez fueron, con los mejores profesores, procedentes de cualquier lugar de la tierra y de toda nuestra historia, para instruirnos sin cansarnos. Y nos inspiran para hacer nuestra propia contribución al conocimiento colectivo de la especie humana.

Creo que la salud de nuestra civilización, de nuestra especie y de nuestra democracia, la profundidad de los fundamentos de nuestra cultura, se ponen a prueba en el amor y apoyo de las bibliotecas, la lectura y los libros.

Yo miro con recelo un libro que permanece sin ser tocado durante años en mi casa. Pienso que puedo decir con seguridad que ningún libro en mi biblioteca continúa sin ser abierto durante más de un año, excepto mis propios libros. Un vistazo o consulta a los miles de libros de mi librería, siquiera ocasional, es una condición para mi paz mental.

Recuerdo las palabras de Lamb: “¡Qué lugar para estar es una vieja biblioteca! Parece como si todas las almas de todos los escritores que han legado sus trabajos a estas (bibliotecas) Bodleianas estuvieran descansando aquí como en algún dormitorio No quiero manipular, profanar las hojas, sus mortajas. Podría tan pronto desplazar a una sombra. Me parece inhalar aprendizaje, caminando en medio de su follaje, y el olor de sus viejas cubiertas con olor a polilla es fragante como la primera floración de las manzanas del conocimiento que crecen en medio del huerto feliz”.

Y asimismo recuerdo las mágicas palabras de Pennac: “Queridas bibliotecarias, guardianas del templo, qué suerte que todos los títulos del mundo hayan encontrado su alveolo en la perfecta organización de vuestras memorias (¿qué haría yo sin vosotras, yo, cuya memoria es un solar sin edificar?); es prodigioso que estéis al corriente de todas las materias ordenadas en las estanterías que os asedian…, pero sería bueno, también, oíros contar vuestras novelas favoritas a los visitantes perdidos en el bosque de las lecturas posibles. ¡Qué bonito sería que les regalarais vuestros mejores recuerdos de lectura! Narradoras, sed mágicas y los libros saltarán directamente de sus estantes a las manos del lector”.

Efectivamente, cualquier cosa que los teólogos pudieran decir acerca del Cielo, como ese estado de unión y beatitud con Dios, yo sé que consiste en una hilera de libros infinitos, y que la eternidad… es simplemente lo que le permite a uno leer de manera ininterrumpida para siempre.

Hay algo profundamente melancólico en estar en tu biblioteca y saber que hay libros que no leerás jamás pero, por desgracia, más melancólico es, como sabía Canetti, no ignorar que no es frecuente el deseo de la gente de formar su propia biblioteca.

***

«Es natural que una biblioteca no pueda estar en mejores condiciones que las mentes de su junta directiva», Ezra Pound.

«La biblioteca es una caja de ideas, una caja de sorpresas. Cuando yo era pequeño, cada vez que iba y luego salía, tenía la sensación de haber descubierto algo, me sentía más grande. Mediante la lectura uno se desarrolla, tiene un modo de vida diferente al de los demás, se vuelve diferente. La biblioteca es como el agua», Amós Oz.

«Es más fácil llegar a santo como bibliotecario en Yucatán que como mártir en Toledo», Gabriel García Márquez.

«Bajo el imperativo categórico de leer y ser culto, una biblioteca es una sala de trofeos», Luis Sanz Leví.

«Su biblioteca ya le quedaba demasiado chica, como si fuera un traje. Es innegable que las bibliotecas pueden volverse demasiado estrechas o demasiado holgadas para un espíritu», Georg C. Lichtenberg.

«Para instalar una buena biblioteca particular se necesitan dos cosas: un amplio círculo de amigos y una mala memoria», Marvin Minsky.

«Una gran biblioteca contiene el diario de la raza humana, George Mercer Dawson.

«Si la humanidad perdiera sus bibliotecas, no solamente sería despojada de ciertos tesoros artísticos, de ciertas riquezas espirituales; más aún, perdería principalmente sus fórmulas para vivir», Georges Duhamel.

«Las bibliotecas son los santuarios del espíritu», Hume.

«Las bibliotecas son depósitos de la fuerza, la gracia y el ingenio; recordatorios del orden, la calma y la continuidad; lagos para la mente, ni calientes ni fríos; luz, no oscuridad… En cualquier biblioteca del mundo, estoy en casa, inmóvil y absorto», Salustio.

«La biblioteca de un escritor debe estar formada por cinco o seis libros, que son todas las fuentes que hay que releer todos los días. Por lo que toca a los demás libros, es bueno conocerlos y basta», Gustave Flaubert.

«Mis hermanas mayores, cuando yo era pequeño, me llevaron a la biblioteca, y de ese modo transformaron mi vida. Al cabo de un tiempo encontré allí mi propio camino, y nací dos veces», Harold Bloom.

«De vez en cuando iba a pasar la noche en la biblioteca pública, para leer. Eso era como ocupar un palco en el paraíso. A menudo, cuando abandonaba la biblioteca, decía para mis adentros: ¿Por qué no vienes más a menudo? El motivo de que no lo hiciera, por supuesto, era que la vida se interponía en el camino. Uno muchas veces dice la vida para indicar el placer o cualquier distracción tonta», Henry Miller.

«El estudiante tiene su Roma, su Florencia, toda su brillante Italia, entre las cuatro paredes de su biblioteca. Él tiene en sus libros las ruinas de un mundo antiguo y las glorias de uno moderno», Henry Wadsworth Longfellow.

«Una biblioteca es pensamiento en estado de suspensión», G.B. Shaw.

***

Los libros de mi casona son como casas antiguas, llenas de la presencia de los hombres y mujeres que vivieron en ellas en el pasado, con su bagaje de alegrías y aflicciones, amores y odios, sorpresas y decepciones, esperanzas y renuncias. Pensándolo bien, yo, Christian, solo he vivido en casas viejas…

Los libros son mi Navidad diaria.

Me encanta vagabundear entre ellos y concederme el placer de asaltarlos; y estar así en todas las partes del globo y la mente.

Con el ciego Borges, archilector: “Ordenar bibliotecas es ejercer, de un modo modesto y silencioso, el arte de la crítica”. O también: “A lo largo del tiempo nuestra memoria va formando una biblioteca dispar, hecha de libros, o de páginas, cuya lectura fue una dicha para nosotros y que nos gustaría compartir”. Y por último: “Sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse, y que la biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta”. Ah el buscar el sentido de los libros en los sueños o en las pálidas y caóticas líneas de la mano:

Lento en mi sombra, la penumbra hueca,
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Diario de Aquitania 17

“Creo que parte de mi amor a la vida se lo debo a mi amor a los libros”, Adolfo Bioy Casares.

“…solo los ciegos y los bibliófilos recuerdan que algunas de las voces más hermosas de la palabra escrita son únicamente accesibles a través del tacto”, Stephen Spender.

“No hay disposición de ánimo a la que no pueda el hombre aplicar la medicina oportuna con sólo alcanzar de sus estantes un libro”, Arthur Balfour.

“El bibliómano que atesora está feliz de poseer sus libros, porque los ama celosamente: su biblioteca parece un serrallo, al que no entran ni los eunucos; sus placeres son discretos, silenciosos e ignorados; no permite ni a un amigo que contemple alguna de sus bien amadas, los acaricia con la mirada, los toca con satisfacción… y disfruta de su dicha en soledad”, Marià Graells.

“Pocos objetos como el libro despiertan tal sentimiento de absoluta propiedad. Una vez han caído en nuestras manos, los libros se convierten en nuestros esclavos, esclavos, sí, por ser de materia viva, pero esclavos que nadie pensaría en liberar, por ser hojas muertas”, J.V. Foix.

“Un compañero bendito es un libro, un libro que, bien elegido, es un amigo de toda la vida, …un libro que, a un toque, vierte su corazón en el nuestro”, D´Annunzio

“¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: “amor, amor”, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras”, Federico García Lorca.

“No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro”, Lorca.

“Algunos entramos un día en los libros como quien entra en una orden religiosa, en una secta, en un grupo terrorista. Peor, porque no hay apostasía imaginable: el efecto de los libros sólo se sustituye o se alivia mediante otros libros. Es la única adicción verdadera que conozco, la que no tiene cura posible”, Fernando Savater.

“Ese lugar que contiene / Mis libros, los mejores compañeros, es para mí / Un patio glorioso, donde cada hora converso / Con los viejos sabios y filósofos; / Y a veces, por variedad, consulto / Con reyes y emperadores, y pondero sus consejos; / Llamando a sus victorias, si obtenidas injustamente, / A una cuenta estricta, y, en mi fantasía, / Desfigurar sus estatuas mal colocadas”, Francis Beaumont y John Fletcher.

“…en realidad amo todos los libros de cualquier formato, en octavo o de bolsillo, de todos los grosores y dimensiones, satinados, coloridos, glaseados como los bombones para ganarse un lugar y durar en el escaparate, para atraer como prostitutas envejecidas el ojo distraído del paseante ocasional, para no deslucir junto a los juguetes y artilugios de un mundo en busca desesperada de emociones que no merece y no obtendrá”, Susana Bardón Iglesias.

“Amo todos los libros sin distinción, encuadernados con orla de oro o en humilde rústica, ricos y pobres. Son los amigos a quienes tanto debo”, conde Libri.

“Confieso sin pudor que amo los libros con un amor sensual, físico. Adoro el polvo que se insinúa en todas partes. Provoca un picor en las mucosas nasales y se desliza como un maquillaje compacto bajo las ávidas falangetas. Me encanta acariciar lentamente el papel rugoso de las viejas ediciones, granuloso, como papel de queso. Detesto el papel satinado con regusto a revista de entretenimiento para señores que aguardan sufridamente en la sala de espera del dentista”, John de Zulueta Greenebaum.

“Me acerco al libro como a un alimento exquisito. Doy vueltas a su alrededor. Lo olisqueo. Adoro cortar sus hojas Es una especie de lectura primera, furtiva, un echar ojeadas a hurtadillas, aquí y allá. La impaciencia de un placer diferido. Sé que es un placer sospechoso a los ojos de las feministas ardientes: tiene regusto de penetración, de invasión de un territorio que no es propio”, Satsuki Sheena.

“¡Cómo entiendo a los ladrones de libros! ¡Cómo los comprendo y me siento, en el fondo, su cómplice! Nunca conseguiría condenarlos. Por otro lado, también yo, y lo confieso con cierto rubor, pero sin traumas psicológicos, he sido culpable de ello. Y más de una vez, cuando todavía estaba en la verde edad de la pubertad, la bibliomanía y los escasos medios económicos, me empujaban al hurto de libros, por desgracia, debo reconocerlo, de manera bastante sistemática”, C. Nodier.

Diario de Aquitania 16

“Ésta es la belleza de la escritura: no se hunde en la materia, no sumerge el espíritu en las potencias más bajas, sino que da fuerza para levantarse de nuevo en el menor tiempo posible y precipitarse hacia el ser. En una vida así, lo que está abajo también está arriba”, Miguel de Molinos.

“Dios me salve de alguien que solo ha leído un librito”, Tomás de Aquino.

“Libros, sois vasos de oro llenos de maná; rocas que brotan miel; ubres rebosantes de leche de vida; depósitos inagotables; la cuádruple corriente del paraíso, que refresca el alma humana y moja y riega el espíritu sediento; árboles cargados de fruta, higueras que no conocen fracasos en la cosecha; lámparas encendidas, para llevar siempre en las manos”, Guillermo de Saint-Amour.

“Las bibliotecas se llenan de libros, pero las mentes se empobrecen cada vez más en educación”, G. Cardano.

“La lectura enriquece a las personas, el intercambio verbal de ideas las vuelve inteligentes. Escribir te ayuda a obtener conocimientos más precisos”, R. Grosseteste.

“Los mejores libros son aquellos que quienes los leen creen que podrían haberlos escrito ellos mismos”, Pascal.

“La escritura es letra muerta que sólo la imaginación y el intelecto de la lectura pueden avivar”, Gregorius Eliberritanus.

“Man sollte alle Tage wenigstens ein kleines Lied hören, ein gutes Gedicht lesen, ein treffliches Gemälde sehen und, wenn es möglich zu machen wäre, einige vernünftige Worte sprechen”, “Debemos escuchar al menos una plácida canción todos los días, leer un buen poema, ver un cuadro excelente y, si nos es posible, decir algunas palabras sensatas”, Goethe.

“Los libros son sólo cartas gruesas para los amigos”, Helvetius.

“Los libros tienen un sentido del honor. Si los das, no volverán”, Lord Palmerston.

“La educación no pasa por leer, sino por pensar en lo que se lee”, Menéndez Pelayo.

“Escribe brevemente y lo leerán. Escribe claramente y lo entenderán. Escribe en sentido figurado y lo recordarán”, Persio.

“¿Dónde encuentro todo este tiempo para no leer tanto?”, Karl Krauss.

“Una buena novela cuenta la verdad sobre el héroe, pero una mala novela cuenta la verdad sobre el coche”, Chesterton.

“El mejor libro es aquel que hace sentir al lector su propia riqueza”, Plutarco.

“Un lector lo tiene bien: puede elegir a sus escritores”, J. Divisa.

“Incluso a los encargados de la mudanza no les gusta la gente que lee libros. Pero al menos tienen una buena razón para ello”, G. Laub.

“¡La lectura no es un valor en sí misma! Desde Gutenberg se han impreso muchas más tonterías que las que la mala televisión ha podido difundir en sus ochenta años de existencia”, H. Casciari.

“Escribir libros me conmueve, crea en mí dispares sentimientos. Pueden hacerme pasar de un estado de ánimo feliz y despreocupado a uno reflexivo, de la ansiedad a la duda, de la misma confianza a la tórrida obsesión”, M. Colell.

“A la mayoría de los libros solo les quedan citas ¿Por qué no simplemente escribir citas?”, G. Perec.

***

“—Yo, señor don Quijote —respondió el hidalgo—, tengo un hijo, que, a no tenerle, quizá me juzgara por más dichoso de lo que soy, y no porque él sea malo, sino porque no es tan bueno como yo quisiera. Será de edad de diez y ocho años; los seis ha estado en Salamanca, aprendiendo las lenguas latina y griega, y cuando quise que pasase a estudiar otras ciencias, halléle tan embebido en la de la poesía (si es que se puede llamar ciencia), que no es posible hacerle arrostrar la de las leyes, que yo quisiera que estudiara, ni de la reina de todas, la teología. Quisiera yo que fuera corona de su linaje, pues vivimos en siglo donde nuestros reyes premian altamente las virtuosas y buenas letras, porque letras sin virtud son perlas en el muladar. Todo el día se le pasa en averiguar si dijo bien o mal Homero en tal verso de la Ilíada; si Marcial anduvo deshonesto o no en tal epigrama; si se han de entender de una manera o otra tales y tales versos de Virgilio. En fin, todas sus conversaciones son con los libros de los referidos poetas, y con los de Horacio, Persio, Juvenal y Tibulo, que de los modernos romancistas no hace mucha cuenta; y con todo el mal cariño que muestra tener a la poesía de romance, le tiene agora desvanecidos los pensamientos el hacer una glosa a cuatro versos que le han enviado de Salamanca, y pienso que son de justa literaria”.

Diario de Aquitania 15

Nada ahuyenta más rápido los malos sueños que el crujido del papel impreso, porque de todos los mundos que ha creado el hombre, el de los libros es el más poderoso.

Puede parecer una metáfora risible propia de un libro infantil, pero no lo duden: aprendes a amar, reír y caminar de tus padres, pero sólo cuando entras en contacto con los libros descubres que tienes alas. Una vida sin libros es como una infancia sin cuentos de hadas, como una juventud sin amor ni sexo, es como una vejez sin paz. Los libros son alfombras voladoras hacia el reino de la imaginación. Mi librero, claro, claro, es mi mejor farmacéutico.

Los libros lucen en la biblioteca como un estallido habanaro. Los libros lucen en tus manos como las estrellas de noche en los músculos de un gondolero. Los libros lucen en tus ojos como vibra el fuego «en el crepuscle marí i fuliginós».

Libros, pasión de mi vida.

Diario de Aquitania 14

En el siglo XIII, Santo Domingo de Guzmán mandó quemar los libros heréticos albigenses con la pretensión de que si alguno de ellos era ortodoxo se salvaría de las llamas (momento admirablemente ilustrado por Pedro Berruguete en su tabla conocida como «El milagro del libro incombustible»)

La nota de humor sobre el libro la puso Julio Camba: «Los libros sirven para muchas cosas. Sirven para completar el mobiliario de las habitaciones. Sirven para realzar el asiento de una silla, cuando a la hora de cenar, alguna persona de pocos años o de escasa estatura no se encuentra en el comedor al nivel de su plato de sopa. Sirve para calzar la pata de una mesa. Sirven para obturar agujeros, y si ustedes me dicen que sirven también para leer, yo me veré obligado a responderles que, en efecto, algunas veces hasta sirven para eso, pero que si el público no comprase libros más que con el único y exclusivo objeto de leerlos, el negocio editorial daría poquísimo de sí».

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«Cardenales en llamas apopléticos cosechan tomates al borde del mar Rojo». Título de un cuadro mío: un monocromo rojo.

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(Tiara de frases que infunden o hacen nacer en el ánimo o la mente afectos, ideas, designios, etc…)

«El hábito de la perseverancia es el hábito de la victoria. Cualquier necesidad que te imponga, aguántala; todo lo que ella te ordene, hazlo. Perseverar en el deber y callar es la mejor respuesta a la calumnia», Samuel Johnson.

Como bardólatra irrefragable, acaso sirvan de consuelo estas palabras (creo que) de «La tempestad»: «Then with the losers let it sympathize, for nothing can seem foul to those that win».

«La celestina»: «Todas las cosas ser criadas a manera de contienda y batalla. Sentencia de Heráclito a mi ver digna de perpetua y recordable memoria». Frase clásica para que nos motive en lugar de las de los adefesios «influencers».

Parece una mentecatez -acaso no, seguro que no- de galletita china, pero les aseguro que es de Proust: «Il n´y a pas de réussite facile ni d´échec définitif», «No hay éxito fácil ni fracaso definitivo».

Inspírense en mi maestro Addison: «Success is the ability to go from one failure to another with no loss of enthusiasm», «El éxito es la capacidad de pasar de un fracaso a otro sin perder el entusiasmo».

Simone Weil: “Il n’y a qu’une faute: ne pas avoir la capacité de se nourrir de lumière”.

Diario de Aquitania 13

OBRA MAESTRA

¡Genios del arte y la jodienda,
espíritus sin fin de la vanguardia
que al plátano del virgen dais pesetas
y al carajo del hombre fortaleza!
Vértigos que turbáis nuestras cabezas,
plátano con cinta, te invoco y os alabo
con la conciencia limpia y sucio el nabo!
“Parvenus” del mundo en que vivimos,
esta peregrina soplapollez secreta,
y los misterios del arte contemporáneo,
es dar a la ficción y el disimulo,
a fuer de caballeros, por el culo.

***

HABLA EL JAPONÉS QUE COMPRÓ EN SOTHEBY´S POR 6,2 MILLONES DE DÓLARES EL PLÁTANO SUJETO CON CINTA ADHESIVA

¿Es muy soso? ¿Te gusta?
Porque tiene poca gracia,
uno mismo en un museo
agarrarse con cinta el banano.
Es un golpe dado en vago,
es una jodienda falsa,
es fornicarse a sí mismo,
es un engaño, una farsa.
Pero hacérselo tocar
tras subasta delicada
en tu casa multimillonaria
por tu mujer nipona linda,
eso, queridos, es una pasada.

Diario de Aquitania 12

Gloucester se jacta de su capacidad para engañar a los demás personajes a través de la apariencia. Como nuestro chuzón y retrechero presidente: «Revistiendo así mi desnuda villanía con retazos viejos robados de la Santa Biblia; parezco un santo cuando más hago el diablo».

***

Acudo a mi maestro Shakespeare:

«He who commits a wrong will himself inevitably see the writing on the wall, though the world may not count him guilty».

Pronto se desvaneció la promesa de la estación vehemente. Sánchez, como sobre la escena el actor mediocre, azorado su papel olvida.

***

«Roses have thorns, and silver fountains mud;
Clouds and eclipses stain both moon and sun,
And loathsome canker lies in sweetest bud.
All men make faults» W. S.

Muchas faltas cometió Sánchez.

Tan alto es el grado de mezquindad, cutrerío y prácticas mafiosas en las filas socialistas, que he sentido el ruido del crack. El tinglado aguanta hasta que el hedor se hace insoportable.

***

«MACBETH: If good, why do I yield to that suggestion
Whose horrid image doth unfix my hair
And make my seated heart knock at my ribs
Against the use of nature? Present fears
Are less than horrible imaginings.
My thought, whose murder yet is but fantastical,
Shakes so my single state of man
That function is smothered in surmise
And nothing is but what is not».

***

«Las características que más tarde identificaron al totalitarismo (presión política hacia el conformismo, represión, terrorismo de Estado contra los disidentes, policía secreta y campos de concentración) no eran las que habían hecho deseables estos regímenes. La gente había estado seducida porque tenía la sensación de ser tratada de forma igualitaria sin ser ignorada, de no deber contar solo consigo misma, sino de gozar de la protección, de la seguridad y de la solidaridad de una comunidad nacional y no dividida en clases», Wolfgang Schivelbusch.

***

«El lenguaje político no fue la sencilla expresión de una posición ideológica determinada por intereses sociales y políticos subyacentes. El mismo lenguaje contribuyó a configurar la manera en que se concebían aquellos intereses, y entonces el desarrollo de las ideologías. Dicho de otra forma, el discurso político revolucionario era retórica; era un instrumento de persuasión, una manera para reconstituir el mundo social y político», J. Dodson.

***

«El único poder del hombre político se encuentra en la capacidad de producir prosélitos, seguidores e imitadores, pero para poder hacer esto debe adaptarse a los códigos de comunicación de la lengua popular. Hablar con el pueblo implica hablar como el pueblo. En este sentido la historia del lenguaje implica la historia de las sociedades», Fabrice d´Almedia.

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«El lenguaje político pierde, entonces, las características de un lenguaje cultural para transformarse en una especie de superficial barniz del alma, que invade las relaciones privadas y vacía la conversación de su esencia. Se trata, pues, del triunfo del conformismo y del miedo a equivocarse, del temor de no decir lo que se debe decir», Abraham de Moivre.

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Diario de Aquitania 11

SÁNCHEZ, RESACÓN EN LA MONCLOA

Este que ves con slip colorido,
gallito ostentando primores,
con falsas mostacillas de colores
engaña a lenones y machos fornidos.

Este que con lisonjas ha pretendido
excusar de Venezuela los horrores,
y perdonar a catalanes sus rigores
y cebar al vasco con grasa y cocido.

Este es un vano fúngico creído,
un mentiroso compulso muflido,
es un ruco cacaseno y caduco

que te roba alquería o peluco,
es repulsivo, escamoso gecónido,
es polvo, ladrón, bífido y bóvido.

¡Tufoso que ni le da jamacuco!

***

LETIZIA, SUCEDIÓ UNA NOCHE

Oh reina Letizia, sutil, burlona dama,
de cuya borbónico velgajo bien mama,
pero con cuánta justicia la plebe aclama
un macho más despejado para lasciva llama.

¡Oh, con cuánta razón el mundo aclama
su virtud, pues por medio de tal panorama,
es para sus sienes cerco que no derrama
la amplísima corona de su real fama!

Pero por qué no una docta chama en la cama
del tontolnabo por conde de lefa timiama
que acreciente el empaque y luz del cinerama.

“Ay ingenuo poetilla de biberoncito y pijama.
El trueque se hizo, que afloré bígama, polígama,
la chulama, fetén sin asomo ni nervio de jindama”

***

Del Diccionario Secreto de C. J. Cela resaltar estas letrillas anónimas de finales del Siglo XVIII:

Los cojones del cura
de Almendralejo,
le pesan veinte arrobas
sin en pellejo.

Los cojones del cura
de Tarancón,
que abulta cada uno
como un melón.

Los cojones del cura
de Villalpando,
los llevan cuatro bueyes
y van sudando.

Al cura de Villarejo
de Salvanés,
le llegan los cojones
hasta los pies.

El cura de Morata de Tajuña
se rasca los cojones con la uña,
pero en cambio el de Arganda
se pisa los cojones cuando anda.
¡Rediós, y qué locuras
hacen con los cojones estos curas!