Diario de Aquitania 12

Gloucester se jacta de su capacidad para engañar a los demás personajes a través de la apariencia. Como nuestro chuzón y retrechero presidente: «Revistiendo así mi desnuda villanía con retazos viejos robados de la Santa Biblia; parezco un santo cuando más hago el diablo».

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Acudo a mi maestro Shakespeare:

«He who commits a wrong will himself inevitably see the writing on the wall, though the world may not count him guilty».

Pronto se desvaneció la promesa de la estación vehemente. Sánchez, como sobre la escena el actor mediocre, azorado su papel olvida.

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«Roses have thorns, and silver fountains mud;
Clouds and eclipses stain both moon and sun,
And loathsome canker lies in sweetest bud.
All men make faults» W. S.

Muchas faltas cometió Sánchez.

Tan alto es el grado de mezquindad, cutrerío y prácticas mafiosas en las filas socialistas, que he sentido el ruido del crack. El tinglado aguanta hasta que el hedor se hace insoportable.

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«MACBETH: If good, why do I yield to that suggestion
Whose horrid image doth unfix my hair
And make my seated heart knock at my ribs
Against the use of nature? Present fears
Are less than horrible imaginings.
My thought, whose murder yet is but fantastical,
Shakes so my single state of man
That function is smothered in surmise
And nothing is but what is not».

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«Las características que más tarde identificaron al totalitarismo (presión política hacia el conformismo, represión, terrorismo de Estado contra los disidentes, policía secreta y campos de concentración) no eran las que habían hecho deseables estos regímenes. La gente había estado seducida porque tenía la sensación de ser tratada de forma igualitaria sin ser ignorada, de no deber contar solo consigo misma, sino de gozar de la protección, de la seguridad y de la solidaridad de una comunidad nacional y no dividida en clases», Wolfgang Schivelbusch.

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«El lenguaje político no fue la sencilla expresión de una posición ideológica determinada por intereses sociales y políticos subyacentes. El mismo lenguaje contribuyó a configurar la manera en que se concebían aquellos intereses, y entonces el desarrollo de las ideologías. Dicho de otra forma, el discurso político revolucionario era retórica; era un instrumento de persuasión, una manera para reconstituir el mundo social y político», J. Dodson.

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«El único poder del hombre político se encuentra en la capacidad de producir prosélitos, seguidores e imitadores, pero para poder hacer esto debe adaptarse a los códigos de comunicación de la lengua popular. Hablar con el pueblo implica hablar como el pueblo. En este sentido la historia del lenguaje implica la historia de las sociedades», Fabrice d´Almedia.

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«El lenguaje político pierde, entonces, las características de un lenguaje cultural para transformarse en una especie de superficial barniz del alma, que invade las relaciones privadas y vacía la conversación de su esencia. Se trata, pues, del triunfo del conformismo y del miedo a equivocarse, del temor de no decir lo que se debe decir», Abraham de Moivre.

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