Conglomerados

La prosa modernista fue una imitación del conglomerado. Las librerías, bibliotecas, museos, tiendas, universidades, hicieron de la aglomeración -en un mismo recinto se venden joyas, se edifican capillas, se instala un servicio de juguetería para infantes, se proyectan películas, etc..-, de la aglomeración y lo abigarrado un seña de identidad. Una galería de arte ya no es una galería de arte, también es un parque de atracciones. Una biblioteca no es solo una biblioteca, es tanto un espacio social como de estudio. Una Universidad es también una academia de artes sensuales, donde se enseña y aprende, no latín y griego, sino hip hop y otros modos de estimulación placentera. También existen conglomerados mentales, menos conocidos por lo que son, a saber, pensamiento confuso. El pensamiento directo es elegante y habla de esencias, el pensamiento aglomerado es como burbujas o farfollas balbucidas y expresa forzadas metáforas, por ejemplo, el fútbol como danza o como teatro o como guerra, la moda o vestimenta como escultura animada o como relaciones semióticas, el gesto como un lenguaje, los paisajes como arte vivo, etcétera. El conglomerado es el perfecto correlato que expresa la vivencia del tiempo de los hombres contemporáneos; barroco y uniformemente acelerado. Lo contemporáneo es una suma de le goût de la boue (el gusto por el fango), la satisfacción pornógrafa y el desmedido gusto y afán por el amontonamiento. Tiempos estos de decadencia bizarra helenística. La clasicidad deslinda, clasifica, ordena, jerarquiza, argumenta, se limpia y ducha, el estilo privado de los hombres de ahora es informal, sin corbata, popular, descuidado, arbitrario, espontáneo, en busca de una vida totalmente emancipada, sin condicionantes, empezando por los de la inteligencia y el buen gusto.
P.D. En un gran espíritu la consecución de infinitos deseos sin valladar la convierten en una mente fáustica, con grandes creaciones en el orbe artístico y científico. En la inmensísima mayoría de los hombres comunes, esa sed insaciable de deseos, los convierten en mecanizados -y casi endeudados de por vida- en, decíamos, robotizados consumidores.

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