La República romana nació como un sistema de virtudes austeras: gravitas, mos maiorum, servicio público y disciplina. Pero en el siglo I a. C., tras siglos de expansión, el sistema empezó a pudrirse desde dentro: las elecciones se compraban, los jueces eran sobornados, los gobernadores saqueaban provincias.
Las alianzas políticas eran redes clientelares disfrazadas de patriotismo. El pueblo seguía oyendo discursos sobre “la República”, mientras las élites utilizaban el Estado como su instrumento privado.
El mejor símbolo es quizá el Primer Triunvirato; la alianza informal entre Julio César, Pompeyo y Marco Licinio Craso. Oficialmente seguían existiendo el Senado, las magistraturas y la legalidad republicana; en la práctica, el sistema había sido capturado por intereses oligárquicos, corruptos y ambiciones personales.
