Cornaro 89

Las parras hacían un cielo verde sobre el patio; olía a cidro, a jazmín y a pan reciente. En el silencio de la tarde se escuchaba el chorro de la fuente como si el agua fuese el alma misma del verano. Después de comer, el pueblo se quedaba vacío. Cerrábanse las maderas; dormían los perros bajo las sombras estrechas; el sol parecía entrar hasta el fondo de las habitaciones. Sólo se oía alguna campana lejana, una persiana golpeando muy despacio y el agua de la acequia resbalando entre adelfas y granados. Había un olor de melocotones abiertos, de cántaros frescos y de polvo soleado. Las campanas del Ángelus llegaban desde las torres con una lentitud de agua dormida. El pueblo entero parecía suspendido en una siesta inmóvil, bajo el cielo de cobre pálido.

***

En la plaza no hay nadie. El sol cae perpendicularmente sobre las piedras blancas. Una campana toca despacio, muy lejos. Las puertas están entornadas; detrás de las persianas verdes duerme el pueblo la siesta interminable de este finales de mayo inusualmente cálido. Solo pasa, lentamente, un perro flaco buscando la sombra estrecha de las paredes. Las calles aparecen desiertas bajo la claridad abrasadora. El aire vibra sobre los tejados; las tapias reverberan; las cigarras llenan el silencio con un estridor monótono y antiguo. En los huertos cercanos resplandece el agua de las acequias entre los álamos inmóviles. Todo está quieto en la tarde de primavera sofocante. La plaza, la torre, las ventanas cerradas, el casino silencioso. Se oye el golpe seco de una persiana; luego nada. El pueblo parece suspendido fuera del tiempo, como si la eternidad fuese precisamente esto: una tarde calurosa, lenta y blanca.

Las muchachas cosen junto a los balcones medio cerrados; los viejos dormitan en sillas de anea.

Deja un comentario