Cornaro 85

(Para Carlos)

El «homo festivus» es el producto terminal de la civilización occidental: un ser permanentemente entretenido, higienizado, moralizado y puerilizado. Cree rebelarse cuando obedece, cree emanciparse cuando consume, cree pensar cuando repite consignas. Jamás hubo una humanidad tan supervisada y tan convencida de ser libre.

Condicionados mediante la hipnopedia del consumo y el gregarismo, todos se aprestan a comprar el relojito fosforescente kitsch y juvenil de marras. Si alguien llega a sentir un destello de duda o individualidad (un «pinchazo» del puercoespín de Schopenhauer), consume simbólicamente «soma», una droga que disuelve la angustia y devuelve al individuo al estado de felicidad sumisa del grupo y la cola.

No se olvide: «Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo —en bien o en mal— por razones especiales, sino que se siente «como todo el mundo» y, sin embargo, no se angustia, se siente a sabor al sentirse idéntico a los demás», José Ortega y Gasset, «La rebelión de las masas», Capítulo I: El hecho de la aglomeración, Austral, pág. 45.

Y también: «El común hijo de la tierra se siente completamente lleno y satisfecho con el presente común, se pierde en él y, hallando por todas partes a sus semejantes, disfruta en la vida diaria de esa placidez y comodidad especiales que le son negadas al genio», Arthur Schopenhauer, «El mundo como voluntad y representación», libro tercero, § 36

Como idea penúltima: «Cuando el pueblo reunido se sienta apiñado en las asambleas, tribunales, teatros o campamentos militares, y con gran estrépito unas cosas las censura y otras las alaba, exagerando en ambos sentidos, entonces el joven se deja arrastrar por la corriente. […] Llama hermoso a lo que ellos elogian y vergonzoso a lo que condenan. Y termina por hacerse semejante a ellos», Platón, «República», VI, 492 b-c

Y cita última, Jean de La Bruyère -una miniatura despiadada: «Todos los hombres, o casi todos, tienen necesidad de apoyarse en otro para pensar, decidir y obrar. La independencia les cansa. Quieren opiniones preparadas, admiraciones prefabricadas, indignaciones comunes. La multitud les ahorra el esfuerzo de ser personas».

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