Puntos en un paisaje puntillista

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La tradición clásica arguye que las piedras de toque de la civilización, las pilastras doradas de la civilización, la «forma mentis» de los ciudadanos, venía dada con la lectura, asimilación y relectura de los más altos y exquisitos valores literarios e intelectuales de pasajes en la obra de Platón, Cicerón, Shakespeare, Cervantes, la Biblia, Montaigne, Fray Luis, Garcilaso, Flaubert, Baudelaire, Racine, Milton, etc..

Ese era un refugio y un diapasón dimanante que modelaba nuestras visiones, que educaba nuestras maneras (gracias a ese diapasón sabíamos entrar en un buen hotel, cómo dirigirnos a una señorita o al camarero, cómo coger el vaso de whisky, cómo burlarnos de un tonto esférico, cómo seleccionar tres adjetivos para describir un cuadro, un plato, o un paisaje, qué omitir en una conversación íntima…)

Aunque suene extemporáneo esos libros eran los educadores de la humanidad y absolutos «teachers of manners«. Un capitán alemán de la I Guerra Mundial y un capitán inglés tenían en común los Salmos, el mito de la caverna y la República, Hamlet, el Don Juan de Byron, etcétera. En el fondo eran más amigos que enemigos. Las Guerras Mundiales fueron cruentas Guerras Civiles.

Ahí, en esos tópicos y temas, se elucidaban nuestros misterios, ahí se volvían afines -como una dorada hermandad- las necesidades del sentimiento, ahí existía un repertorio de problemas cognitivos y sus tentativas de solucionarlos, unas reglas de cortesía y sus subsiguientes (o consiguientes, correlativos) «Prohibido el paso».

Pero entre esos autores clásicos y nosotros (el hoy de ahora mismo) cambió el mundo como si el mapa con que generaciones de hombres se han orientado hubiera cambiado de fronteras, accidentes y escalas. Se mudaron -aumentaron- los medios tecnológicos (transición de la cultura impresa a la cultura digital) y se sustituyeron los referentes.

Ahora se despliega planetariamente una iconosfera -era de la imagen-, se despliega universalmente una sonosfera -esfera sonora que nos envuelve recurrentemente-, se despliega internacionalmente una websfera -una era del lenguaje científico, del número y el bit, una cortina digital que organiza nuestra conducta e información-

Estas esferas o dimensiones penetran nuestra conciencia y formación. Hay otro clima interior del alma educada en esas nuevas y universales superficies acústicas, visuales y computables. Nace el Hombre Tecnológico.

Hay como un martilleo compulsivo de esas esferas que causa un cambio en el estilo de ver, que propende al fragmento, la falta de profundidad, el mariposeo discontinuo en la atención, creando en los hombres del siglo XXI, en su dentro de sí, como matrices opacas –patterns– a la recepción de la voz clásica y milenaria. Ni esto o aquello o lo otro en particular de Henry James los derrota, diríamos, sino TODO Henry James en general los supera.


Una baraúnda de vibraciones estridentes es el sentimiento de la vida del hombre contemporáneo. Una estética electrónica del brillo y el pulimento de plástico se nota sobre los cuerpos, voces y objetos, esa película como de moléculas radiactivas recubre las cosas en lugar de la liturgia gnóstica de la naturaleza de nuestros abuelos. Se anatemiza y pulveriza el lenguaje delicado, se infama la lentitud y el silencio, la retórica o el subjuntivo viven un absoluto descrédito, se retira a los márgenes la palabra ensalzándose el sonido –sonosfera-, la imagen –iconosfera– y la inmediatez –websfera.

Si alguna ley estética, si algún imperativo moral rige el arte y el habla es la de la misma Ley de Degradación de la Sublimidad. Todo debe ser chato, romo y evidente. Lo fácil y comercial es el único criterio de compra, venta, estudio y prestigio. Nadie parece querer recoger la herencia y la dinámica de la alta cultura. La Universidad debe ser un parvulario que adiestre en las artes sensuales y el hip hop. Los estudiantes de literatura deben estudiar a los hombres del tiempo de la tele o la poesía de un negro transexual bipolar chino veinteañero en lugar de a Coleridge o Azorín. Desaparece la sensibilidad ante el mundo natural (nubes cárdenas, árboles muy ocasionalmente grisáceos y reidores, Lunas altas y significantes) por una especie de sensibilidad mecánica, por una suerte de sensibilidad metalizada de diseño como de web y de navegación intuitiva.

Sin Religión, sin Naturaleza, sin Memoria, sin Absolutos; y tira millas. Y a ello se suma el mundial orbe icónico, sónico, y tecnológico; el hombre debe desfragmentarse, convertirse en un grano minúsculo o punto anecdótico e imperceptible dentro de un cuadro de técnica puntillista.

La cultura -sus grandes nombres- está en trance de desaparecer, sino ha desaparecido ya. La Nueva Cultura, la Neocultura, será -ya es- la Oscura y Universal Incultura.

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