Donde el poeta, por no haber sabido amar, se lamenta de su destino

Sitges, verano del 91. Haraganería en las hamacas,

cremas, balones de Nivea.

Y no me atreví a besar los dobles bombones

de fresa de tus pechos,

ni a lamer las brújulas erizadas

o las brujas achampañadas de tu pelo,

ni a partir en la nave al lejano extranjero contigo,

ni a amar el viento y la niebla del cordón de tu bikini,

o el leve verde de tus ojos como una escarcha

que destella en mitad de la noche.

Avanzan por la oscura memoria las olas,

tu hermoso cuerpo moreno, la derrota y las ruinas.

¿No era tanto mi deseo en aquel instante?

¿No era tanto mi amor?

Pero solo asomó la luna sangrienta dentro de las sentinas

de un invierno que en mí sería perenne.

No te atreviste a amar (ésta, y en otras ocasiones);

no te quejes si ahora los mastines del odio

marcan con sus ácidos orines

el único y tenebroso círculo donde debes vivir.

Tu alma, cuando sueña, es un despedazado anfiteatro

con actores decrépitos y desmemoriados,

con el auditorio ocupado por maniquíes espantosos.

En el aire puro, a los limpios dientes del alba

tú no le pusiste zafiros orientales sino bostas de vaca.

Tu destino, querido patán, lerdo cobarde, es el vertedero.

Los monstruos solo deben vivir encerrados en su infierno.

Y contempla como tu mente se alimenta de vagas

supersticiones bárbaras, de observaciones imperfectas,

de desorganizadas razones: así tu mente,

pues desecaste la fuente del amor

indiscernible de la del conocimiento.

Tu mundo se ha convertido en distintas tactos de aguarrás,

en relámpagos compuestos por cucarachas,

en congelados zumbidos de marmota

y espectros de sílabas vacías.

Un traqueteante mecanismo de incisivos asorda tus labios.

A nadie amaste Christian, la soledad fue tu camino.

Señor, perdónalo si ha sido un monstruo.

P.S. Cuando Akbar el Grande asciende al trono del Imperio mogol en India, el arte persa e indio se fusionan creando un estilo único. El estilo cristiano es único. Cúpulas románicas sobre pechinas y sobre trompas, escuelas episcopales que derivan en Universidades, asombro y estupor ante miles de abadías, iglesias y catedrales. Amor, amor, amor…

Alberti, en De pictura, afirmó de la basílica de Santa María de Fiore: “Esta construcción enorme que se eleva hacia el cielo es tan vasta que podría cobijar a toda la población de la Toscana bajo su sombra”. Amor, amor…

El sobrenombre de sans-culotterie alude a la vida del espíritu de trabajadores, tenderos, profesores, artistas, escritores, funcionarios menores y solo un puñado de ricos con deseos y pasatiempos de educación intelectual, orgullosos, dignos y serios, que se reunían para lecturas de Rousseau o Volney, y gozosos cantaban, discurseaban y disfrutaban de recitados a cargo de jovencitas. Vida del espíritu, sin duda. Me placería ser un sans-culotterie. No alcanzo ni a aficionado. Jovencitas…Amor…

¿Por qué no escribo poemas de amor? «Ars enim earum rerum est, quae sciuntur» Cicerón, De oratore, II, 7, 30.

Y revolotean en mi mente como una mariposa clavada en un alfiler las palabras del griego: «Solo la ruina nos defiende de otra mayor».

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