El mayor anhelo del hombre es no morir del todo; y morir del todo es ser olvidado, ser nadie en la memoria de los demás. No basta valer; es menester ser estimado. No es fácil soportar la idea de no ser nada para nadie. Se diría que la conciencia ha sido inventada precisamente para que suframos por nuestra insignificancia. Escribo un libro y nadie lo reseña, ningún periodista me entrevista, ningún club de lectura me invita.
Tengo una necesidad casi física de singularidad. La vida ordinaria, con su cortejo de gestos previsibles, de destinos intercambiables, me produce una náusea estética. Y, la verdad desagradable asoma, los hombres me han devastado con su indiferencia. Mi vida, con todas sus minucias, sus recuerdos, sus obsesiones, sus vueltas y revueltas, no ha tenido consistencia fuera de mí mismo. Como un completo imbécil, busco la fama.
A menudo he pensado que la verdadera desaparición no consiste en morir, sino en dejar de ser tenido en cuenta mientras se sigue viviendo, en continuar hablando o escribiendo sin que nadie escuche o lea. La vida pública —esa feria continua de vanidades— decide quién existe y quién no, y los que quedan fuera no son ya derrotados, sino simplemente inexistentes. Nadie sabe mi nombre.
