La soledad del lector —y, en general, la del hombre que se ha educado entre libros— no es una desgracia ocasional, sino un cumplido destino. Quien ha aprendido a medir o meditar el mundo con el rasero de la literatura no puede ya abandonarse a la inmediatez de lo social, a las expectativas comunes, a las diversiones públicas y el consenso festivo, sin experimentar una cierta decepción. Los afanes y prioridades habituales le parecen poco sustantivos, la conversación ordinaria le parece pobre, no por desprecio, sino por comparación. Y así, poco a poco, se va estableciendo una distancia: no exactamente una retirada orgullosa y aristocrática, sino una incompatibilidad creciente e inevitable entre el mundo vivido y el mundo pensado o experimentado en la lectura.
Leer profundamente implica resistir (y evitar) las opiniones dominantes, desconfiar de la conversación superficial y el cliché social, alejarse de las prelaciones canónicas, permitirse una legítima rareza, sustraerse —al menos por un tiempo— a la presión social. En ese retiro o crisálida, el lector se vuelve más él mismo, pero también, inevitablemente, menos semejante a los otros.
Quien ha aprendido la funesta manía de leer no regresa intacto al mundo convencional. Ha adquirido una interioridad más compleja, una memoria más densa y razonada, y eso introduce una distancia: las palabras de los otros ya no le bastan, las situaciones le parecen insuficientes. La lectura, así, es una forma de exilio voluntario.
La vida adulta es, en gran medida, el descubrimiento de que la compañía es imperfecta y la soledad inevitable. Mi soledad entre libros es el mejor destino y exilio posible.
