En «The Anatomy of Melancholy», Robert Burton vuelve una y otra vez sobre una idea casi obsesiva: la ociosidad como matriz de la melancolía. Hay en Burton algo muy moderno —casi clínico—: intuye que la mente sin objeto se vuelve autoreferencial, y que esa autoreferencia degenera en ansiedad, sospecha, tristeza difusa.
“La ociosidad es la raíz de todos los vicios, la madre de la melancolía, la nodriza de las enfermedades del alma y del cuerpo. El hombre que no tiene ocupación cae inevitablemente en mil pensamientos vanos, en fantasías inútiles y en cuidados sin causa; su mente, privada de objeto, se vuelve contra sí misma y se consume en su propio humo”.
“Cuando el cuerpo está en reposo y el espíritu sin empleo, entonces el alma, como un molino sin grano, gira en vacío y se fatiga en su propio movimiento. De ahí nacen esos castillos en el aire, esos temores sin fundamento, esas sospechas y tristezas que no tienen otro origen que la falta de ocupación”.
“La ociosidad abre la puerta a toda tentación, y el diablo encuentra siempre trabajo para las manos desocupadas. El hombre ocioso es presa fácil de la melancolía: se abandona a la tristeza, a la contemplación morbosa de sí mismo, y pronto se ve envuelto en una nube de pensamientos negros que no puede disipar”.
“Nada hay más eficaz contra la melancolía que el ejercicio y el trabajo. Mantén ocupada la mente y no tendrá tiempo de extraviarse. El estudio, el arte, cualquier labor honesta son remedios soberanos contra esos vapores del ánimo que surgen de la inacción”.
“Be not solitary, be not idle”, insiste muy sagaz. “Let thy mind be still intent upon some business or other, for idleness is the greatest bane that can be”, nos amonesta sabio.
Me gusta recordarlo hoy 1 de mayo.
