Los caramelos, en mi infancia, eran libélulas de brillos de colores, prismas que se astillaban en la boca y crujían como una nieve fina escarchada, azúcares que estallaban en el paladar como un timbal sinfónico. Recuerdo ahora, tal si fuese hace décadas, el sabor a frambuesa, a chillón limón, a vaga vainilla, y recuerdo cómo coloreaban la lengua de acrílicos y quimeras.
Las gominolas tienen algo de verano popular y feliz, de kiosco junto al mar o frente a la escuela, de dedos pegajosos y risas sin culpa. Hay en ese azúcar una ética pagana: gozar sin preguntarse demasiado por qué, como quien bebe granizado al mediodía.
Ay las chucherías —»chuchería», palabra de barrio, de infancia suburbial. Las chuches son la literatura menor del gusto, pero también su más sincera autobiografía. En cada nube, en cada ladrillo, en cada gusanito, hay un arrabal, una falda de niña, un profe hueso, una picazón como la raspa de pez por la lengua. Yo, que soy goloso de palabras, reconozco en las gominolas esa misma vocación: ser fugaces y dejar, sin embargo, una memoria indeleble.
Si bien se piensa, las gominolas son lo más parecido que tenemos a una fiesta portátil: colores descarados, formas ambiguas —que si ositos, que si corazones, que si coca-colas— y ese punto ligeramente indecente de lo que se chupa con delectación. Una fiesta. Basta con tener ganas de pasarlo bien.
No deja de ser curioso que los sabores más simples —azúcar, fruta sintética, esa acidez industrial— posean una eficacia evocadora que la alta cocina rara vez alcanza. Tal vez porque en ellos no hay mediación cultural: actúan de forma directa, casi fisiológica. La memoria del gusto es inexacta, pero implacable.
Comer una gominola es aceptar una ficción: la de que ese rojo imposible y pulimentado corresponde a una fresa, la de que esa dulzura rosa, algodonosa y blanca se aviene con una nube del cielo. Pero toda ficción bien asumida tiene su verdad, y la de las chucherías consiste en recordarnos que el placer, cuando es inmediato, no necesita justificación.
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En chuchelandia las lenguas pica-pica son saxofones bajo un parasol, las nubes o malvaviscos son frentes pálidas de azúcar, los besitos de fresa estallan como pequeños disparos dulces, los ositos son cuencos gomosos llenos de luz.
La infancia fue para mí un paraíso clausurado, no tanto por su felicidad —que la tuvo— como por la intensidad con que cada detalle quedaba fijado. Recuerdo el regaliz, el temblor de los caramelos carmesíes en la boca, el chasquido de las monedas de chocolate al romperse entre los dedos. Todo parecía tener un sentido secreto que más tarde no he sabido recuperar.
Recuerdo las manos pegajosas, el leve crujido del azúcar al secarse en los dedos, la lengua áspera tras el exceso. El mundo entonces se ofrecía sin resistencia: bastaba llevar algo a la boca para que tomara cuerpo. Había en cada gesto una inmediatez que hoy me está vedada.
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El sabor de aquellas pequeñas golosinas no era simplemente dulce: contenía un ardid de resistencia, una ligera aspereza que obligaba a la lengua a demorarse. Había en ellas un tempo interno, una progresión, como si cada capa de azúcar liberara un matiz distinto. Primero el golpe inmediato —apenas violento— de la sacarosa, luego una acidez que afinaba el conjunto, y por último una persistencia, pegada al paladar, que parecía querer prolongar la experiencia más allá de su duración física. No era tanto el gusto como la manera en que ese gusto se desplegaba lo que las hacía memorables.
Suavidad y resistencia, colores mezclados en la boca. Obscenidades de fresa o limón, dulzor en la huella de la lengua. Evidencia química de la acidez. El sabor no irrumpe de inmediato; se anuncia, se prolonga, se organiza en una lengua destellante. Y cuando finalmente lo hace, no es puro dulzor, sino una combinación minuciosa de azúcar y acidez, de brillo y sombra, que se fija en la memoria con una claridad melancólica.
