Pienso en mí mismo como un escritor fracasado. El verdadero fracaso, además de la triste contingencia de no ser en absoluto leído, es no haber sido suficientemente preciso en la ejecución de una imagen, en el hallazgo verbal, en las ondulaciones rítmicas.
Nosotros, que no somos ninguno de los grandes que es vano nombrar, estamos condenados desde el principio. Todo lo que hacemos es una aproximación menor: páginas que no se sostienen entre sí, intuiciones que no han encontrado su ley, momentos aislados que no han coagulado. No hay arquitectura.
Uno escribe durante años creyendo que está construyendo una obra, y al final descubre que solo ha ido dejando una estela de naderías amorfas; queda la sospecha persistente —no estridente, pero continua— de haber escrito siempre por debajo de lo exigible, de haber elegido la palabra contigua y no la necesaria.
Mi obra no terminó de ocurrir.
