Tentativas 148

Amo el silencio, un silencio que no es uniforme: tiene pliegues, irisaciones, pequeñas vibraciones al nacer, desarrollarse y bifurcarse las ideas en mi cerebro. Como ciertos fondos en la pintura flamenca, parece -falsamente- inmóvil, pero en él trabajan infinitas variaciones. Basta un leve cambio para que todo el tejido nervioso se reorganice al igual que una fuga musical.

El silencio es un requisito de la inteligencia: sin él, el pensamiento no logra articularse, sino que se dispersa en la cháchara vacía contemporánea. Callar es una forma de respeto y de dignidad hacia lo que todavía no ha encontrado su forma. En una época que confunde expresión con proliferación, psicología con costumbre, el silencio se vuelve casi subversivo. No es una nada, sino una disciplina: la de contener, seleccionar, ordenar, clasificar y analizar. Solo desde ese fondo puede surgir una palabra que no sea redundante ni baldía, una idea que no esté ya gastada por el uso.

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