Desde que murió mamá me quedé completamente solo, en la intemperie absoluta; el mundo perdió su eje doméstico, su tono afectivo, su centro de respiración.
Mi madre ya no vivía por mí. La idea de su muerte no era solo un dolor: era una transformación del mundo. Todo lo que había sido habitual se volvía irreal, como si hubieran pertenecido a otra vida. El dolor es violento y pasa; pero la soledad se instala, se organiza, se vuelve costumbre. Y así vivimos después, no como quienes han sido heridos, sino como quienes han sido desposeídos.
Cuando muere la madre, uno pierde la última patria. Todo lo demás —las casas, los países, las lenguas— puede ser reconstruido o aprendido de nuevo; pero esa primera intimidad, ese acuerdo tácito entre dos seres que comparten el origen, no admite restitución. Me encontré entonces en una especie de exilio absoluto: no había ya nadie ante quien pudiera ser, sin esfuerzo, el niño que fui. Y ese niño, privado de testigo, comienza lentamente a desvanecerse.
***
I am alone here in the kingdom of the dead.
My mother is gone and I am her echo,
a voice that returns to no one.
The house has forgotten her shape,
but I remember every gesture,
every small tyranny of love,
every silence that was a language.
Now I speak it alone.
Anne Sexton
Después de eso, leer, escribir, pensar incluso, se hace en un tono más bajo, como si faltara un interlocutor silencioso. La cultura no sustituye esa pérdida: apenas la acompaña. Y uno sigue, pero ya sin testigo.
