(Discurso del método)
Consagré mi vida a la lectura y al estudio. Incluso en el manicomio, tenía un acceso privilegiado a la biblioteca privada de los médicos.
Quien se dedica a las letras debe habituarse desde temprano a convivir con los mejores autores, acaso también con algunos autores menores, para así poder contrastar. La lectura no es tránsito, sino permanencia. Hay que volver una y otra vez (lectura intensiva frente a la extensiva) sobre los mismos textos, no para repetirlos, sino para comprenderlos mejor. El lector apresurado solo recoge palabras; el lector atento transforma su juicio, lo afina y precisa. Y esa transformación no se logra en un día ni en un año, sino en una vida entera dedicada a frecuentar los libros con paciencia. Pues no se trata de saber muchas cosas, sino de saber pocas, pero bien: de haberlas meditado, comparado, digerido, tragado y metabolizado. Leer es, en último término, una forma de convertirse en aquello que se lee.
El estudio continuo forma en el alma una segunda naturaleza. Quien se ha ejercitado durante años en las letras no puede ya apartarse de ellas sin sentir una especie de vacío, como si algo esencial le hubiera sido sustraído. No es la cantidad de libros lo que importa, sino la constancia en su trato. Mejor es leer pocos autores con profundidad que muchos con ligereza. Porque el entendimiento no se nutre de la abundancia, sino de la asimilación. Así, el hombre verdaderamente docto no es el que ha pasado por muchos libros, sino aquel en quien los libros han dejado huella.
Hay que habituarse a la lentitud, al examen minucioso, a la comparación constante. Cada palabra debe ser interrogada, cada pasaje confrontado con otros, cada texto situado en su contexto. Este trabajo, que a los ojos del mundo puede parecer árido, encierra sin embargo un placer profundo: el de aproximarse, aunque sea de lejos, a la inteligencia de los grandes. La vida del estudioso es silenciosa y poco visible, pero en ese silencio se forma una de las formas más altas de libertad.
El mundo no ha dejado de leer: ha dejado de comprender lo que lee. La vida dedicada a las letras es, ante todo, una vida de lectura. No de lectura ocasional, sino de lectura continuada, obstinada, casi obsesiva. Con los años, esa práctica va configurando una forma de estar en el mundo: una atención distinta, una sensibilidad más afinada, una cierta resistencia a la banalidad. Pero también comporta un precio: una distancia creciente respecto a un mundo que se mueve a otra velocidad, que ya no reconoce el valor de la demora ni la necesidad del estudio. El hombre que ha pasado su vida leyendo se encuentra, a menudo, fuera de lugar; pero es precisamente en ese desajuste donde reside su lucidez.
