Tentativas 153

-¿Qué puede decirme de su familia?

-Provengo de la burguesía propietaria o hacendada culta. Por la parte paterna todos fueron militares, excepto mi padre, que se dedicó a las finanzas y el derecho (tarea que desempeñó con honradez) Mi madre era licenciada en Económicas y enseguida abrió varios negocios, de ropa, de paraguas, de bisutería, todos orientados a una clientela pija. En casa teníamos la obra completa de Freud, los Episodios nacionales, muchos volúmenes de Aguilar, la Bernat Metge, varias enciclopedias, en fin, una biblioteca selecta de unos dos mil o tres mil volúmenes. Mis padres amaban la cultura, en especial mamá. Mi padre era recto y severo, sin concesiones sentimentales. Le respetaba mucho y le tenía algo de miedo. Sembró en mí cierto resentimiento, que el tiempo y la madurez borró del todo. Afortunadamente los juicios napoleónicos se apaciguan.

-¿Y su madre?

-Con su amor me lo enseñó todo. Sí, no hay duda, a ella se lo debo todo. Su cariño no eran emociones efímeras, sino una atmósfera rocallosa. Formó mi modo de ser. No hay día que no la recuerde.

-¿Cómo fue su infancia?

-La típica de un niño rico: feliz y despreocupada.

-¿Y su adolescencia?

-Todo se desmoronó. Me autodiagnostiqué mi enfermedad con los libros de la biblioteca y ya entonces barrunté un futuro jodido. Tuve que soportar una violencia secreta y una soledad sin amigos. Sufrí además el ostracismo de mis compañeros. Pero a los quince años tuve una de las mayores epifanías de mi vida: descubrí la dimensión estética del lenguaje. A partir de ahí abandoné en alguna medida mi intensa vocación matemática.

-¿Cómo valora sus libros?

– Borges dijo que él no era un gran escritor, sino, a lo sumo, un lector que ha tenido la mala costumbre de publicar; que sus libros no eran otra cosa que borradores imperfectos de lecturas mejores. Completamente falso en el caso del genial Borges y un aserto perfectamente adecuado para mí. Lo único valioso que he escrito son mis numerosos plagios.

-¿Qué recuerda más de su paso por los manicomios?

-El olor de los edificios y la bondad de algún compañero muy dañado. Es un lugar muy duro. Se parece a la turbina de un avión despedazando a una gaviota.

-Hace quince años que vive en una aldea con nueve habitantes ¿Qué suele hacer?

-Pasear con Ita, leer, estudiar, pensar, escribir. Si fuera un genio este tipo de vida tendría consecuencias jugosas. Pero no soy nada del otro mundo. En «De vita solitaria» -y cito de memoria- Petrarca asevera que quien se entrega al campo no se empobrece, sino que se depura. Y que los placeres que allí se encuentran son pocos, pero verdaderos: la luz que se transforma a lo largo del día, el silencio que no es vacío, sino reposo, el trabajo que no humilla, sino que nos ordena. Permítame una confesión: estoy hasta los h… de tantas verduras.

-¿Unas últimas palabras para nuestros lectores?

-Lo que dijo Pla: la vida es una cosa extraña que consiste en ir tirando.

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