Cornaro 1

Cielo anubarrado en la aldea. Las nubes descienden por el valle como lentos rebaños, empapando con su sombra los huertos y las eras. Una tenue luz cenicienta se cierne sobre las casas, y el cielo parece estar hecho de un material suave y antiguo, como lana desgastada por el tiempo. El cielo tiene el color de una copa donde alguien hubiese mezclado ceniza y ginebra. Una luminosidad secreta, como la luz tras un cristal esmerilado.

Hoy leí el «Discorso della vita sobria», de Luigi Cornaro. Cornaro pertenecía a la nobleza veneciana y afirmaba haber llevado una juventud desordenada, entregada al exceso culinario y sensual. Según su relato, su salud quedó arruinada relativamente pronto. Los médicos le recomendaron una vida extremadamente sobria: restringir radicalmente comida y bebida. Él obedeció y sostuvo que no solo recuperó la salud, sino también una extraordinaria claridad mental y serenidad espiritual. La tesis central del libro podría resumirse así: La moderación no es privación, sino liberación. El hombre que reduce sus necesidades corporales gana lucidez intelectual, equilibrio emocional, longevidad y una forma superior de placer: la tranquilidad del alma.

Cornaro insiste continuamente en la ligereza como condición del espíritu: “Desde que adopté la vida sobria, me levanto siempre con ánimo alegre; duermo suavemente; trabajo con placer; leo, escribo y converso sin fatiga. El alma se encuentra entonces libre para ejercitarse, porque el cuerpo ya no la oprime con humores espesos ni vapores nocivos”.

A las siete cené frugalmente unas pocas setas con pimientos. Me cobijé bajo el consejo del sabio humanista: “Quien come más de lo necesario entrega al estómago las fuerzas que debían servir al entendimiento”.

¿Qué siento al llevar años comiendo y cenando solo? Una mezcla de melancolía, libertad, ritual y extrañeza, como una decadencia o acaso un exilio íntimo. Un hombre solo, una lámpara amarilla, una copa de cerveza, quizá Schubert al fondo. La comida pierde entonces toda exuberancia social y se vuelve reflexión material sobre el tiempo. Cenar solo tiene algo de escritor ruso exiliado o de profesor de latín venido a menos. La mesa para uno es siempre un pequeño escenario de abandono. Aunque el mantel sea hermoso y la bebida excelente, hay un momento en que el silencio revela que nadie llegará. En algunas cenas silenciosas sentimos de pronto el peso entero de los años vividos, como si cada objeto de la mesa hubiese conservado discretamente el polvo del tiempo. Pero existen hábitos solitarios tan prolongados que la propia compañía comienza a parecer una intrusión. Eso es ya lo que me pasa.

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