-Hemos leído casi todas sus entrevistas y de ellas se infiere una máscara o personaje de alguien con un intelectualismo radical (con matiz spinozista), una ironía defensiva (se describe como mediocre, pero con una exageración sospechosa, ridiculiza su propia obra antes de que lo hagan otros), un escepticismo aristocrático, un individualismo extremo, cierto esteticismo ¿Qué atributos implícitos hay en usted que le da vergüenza mostrar?
-De alguna manera los muestro. Me avergüenza mi vanidad hondísima (siempre estoy hablando de mí mismo), la insensatez irracional cifrada en el deseo de aspirar a un lugar en la historia, la necesidad de reconocimiento (quiero ser leído, aunque diga lo contrario), la pueril fantasía de excepcionalidad (que si el C.N.I., el Mossad, mi supuesta super inteligencia…) Estas propiedades se perciben claramente. Me apena ser tan egocéntrico y ridículo.
-No necesariamente es ser ridículo. Puede hacer un retrato de sí mismo sin máscara.
-Solo soy un pobre solitario muy enfermo al que le gusta escribir, alguien terriblemente fracasado, que busca ideales inalcanzables, un tipo dañado, herido, muy, muy herido, falto de amor y ternura, acomplejado, que huye de la vida gracias a una superficial e impostada erudición, que desea ser grande, mejor, que sueña con ser grande porque es incapaz de afrontar cara a cara su terrible pequeñez. Les contaré una anécdota. A los veinte y pocos estaba merendando con mi madre en una granja-pastelería y se mezclaban mis babas con la nata entre mi abundante barba de talibán. Entró una adolescente muy guapa, me miró fijamente, y le acometieron unas arcadas. Ese es el símbolo exacto de mi vida. Perdonen. Prefiero dar por terminada la entrevista. No quiero contar cosas que pertenecen a mi vida, no privada, sino secreta.
