-Siempre creí que usted no está loco.
-Mire, algo de razón no le falta. Hice un test sobre psicoticismo y respondí al azar las preguntas, después, arrepentido, le dije al psiquiatra que deseaba repetirlo. Esta segunda vez lo contesté concienzudamente. Poco después le dije al médico: «¿Cómo salieron los test?», «Exactamente iguales», contestó él. Ya me dirá usted.
-No hay tanta tradición de escritores locos.
-Abundan más suicidas y alcohólicos o drogadictos, en efecto. Si me permite la confesión, uso un ardid o triquiñuela, a saber, exagero a propósito mis notas de perturbado como un posible pasaporte hacia la pertenencia en la historia de la literatura. Muchos son los elegidos y pocos los llamados, pero en la sección enfermos mentales, subsección esquizofrénicos, puedo tener mi oportunidad. Esto es como una táctica de guerrillas y afino mis cálculos.
-Ya que se confiesa. No parece usted demasiado erótico.
-No tengo veinte años, querido. El placer intelectual es, además, superior al placer sexual. Como usted es muy joven, acaso no lo entienda. La idea de que el placer intelectual puede ser más alto, más duradero o más refinado que el placer sexual recorre toda la tradición occidental —aunque rara vez en forma de oposición simple. El placer que nace de la contemplación intelectual de las cosas es necesariamente más estable y más firme que aquel que depende del cuerpo. El cuerpo está sujeto a múltiples variaciones. El entendimiento, en cuanto comprende, participa de la necesidad; creo recordar que afirmó esto -lo digo a mi manera- Spinoza.
-¿La incultura acarrea consecuencias?
-Tremendas. La verdadera división de la humanidad no es entre ricos y pobres, sino entre los que saben y los que ignoran. Mientras haya hombres que no comprendan, habrá hombres que dominen; mientras haya ignorancia, habrá servidumbre. La instrucción es la gran niveladora, la fuerza que rompe las jerarquías injustas y devuelve a cada individuo su dignidad.
-¿Cuál será su epitafio?
-Tengo escritos unos veinte o treinta poemas-epitafio. En su tumba, Ludwig Boltzmann tiene inscrita su famosa fórmula de la entropía. En la tumba de Schrödinger se muestra asimismo la ecuación fundamental de la mecánica cuántica que concibió. No me gustaría que esculpieran mi efigie con una camisa de fuerza. Preferiría que una línea o dos de prosa memorable -si las tengo- quedaran grabadas en mi lápida.
-¿Cuál es su teoría política?
-A favor del Estado mínimo, limitado a las funciones estrechas de protección contra la fuerza, el fraude y el incumplimiento de contratos; solo ése está justificado. Cualquier Estado más extenso violará los derechos de las personas al obligarlas a hacer cosas que no han elegido. Todo lo que pretende dominarme —sea una idea, una ley o un deber— no es más que un fantasma al que se me invita a servir. Mi patria es mi propia conciencia. No pertenezco a nada, no deseo pertenecer a nada.
-Pregunta tópica: ¿sus sueños?
–
Allí, todo es orden y belleza,
lujo, calma y voluptuosidad.
Los muebles relucientes, pulidos por los años,
decorarían nuestra habitación;
las flores más raras, mezclando sus aromas
con los vagos perfumes del ámbar,
los ricos techos, los espejos profundos,
el esplendor oriental,
todo hablaría al alma en secreto
su dulce lengua natal.
Baudelaire, naturalmente.
Tejidos bordados, gemas raras, instrumentos antiguos, perfumes exóticos, incunables, editio princeps, la luz que cae a una hora precisa sobre un reloj antiguo, luces, música, risas que flotan en el aire como burbujas de champán.
-¿El fuerte de la gente es precisamente la estupidez?
-«La bêtise es algo sólido, compacto, resistente; nada la detiene», escribió mi admirado maestro Flaubert. La mayoría de los hombres, a mi juicio, no piensan, o piensan superficialmente; no sienten profundamente, o sienten de manera prestada. Y, sin embargo, viven tranquilos, seguros de sí mismos, como si la vida no fuese un enigma. Tal vez la verdadera inteligencia consista en no poder aceptar esa tranquilidad, o tal vez la sabiduría consiste en adaptarse a este pleno sosiego.
-Recomiendo uno de sus libros.
-Ninguno. Se lo digo con total sinceridad y sin afectación. Lean a Homero, Dante, Descartes, Newton, Erasmo, Tácito, William James, Pascal, Maquiavelo, Tucídides, Eurípides, etcétera. Trabajemos, pues, en pensar bien. Las obras de los grandes autores no deben leerse como curiosidades de su época, sino como pruebas de lo que la naturaleza humana es capaz de producir en su forma más alta. Los grandes textos se revelan en la relectura. Leer a los grandes es aprender a sospechar de la primera impresión. No pierdan ni un segundo con un mindundi como yo. De veras. Buenos días.
