Cornaro 2

El almuerzo aparecía como una lenta procesión de maravillas. Primero las sopas transparentes y humeantes; luego los pescados fríos rodeados de pepinos diminutos y eneldo fresco; después las carnes con salsas densas cuyo aroma parecía mezclarse con el perfume de los jardines abiertos al verano. Recuerdo particularmente las fresas enormes servidas con crema espesa y helada, y aquellos panes todavía tibios cuya corteza crujía bajo los dedos. Todo ello brillaba sobre manteles blancos, bajo la conversación suave de mis padres y el tintinear de la porcelana. La comida era una extensión de la felicidad familiar, una prueba tangible de que el mundo estaba bien ordenado.

Dolors traía aquellos espárragos cuya punta estaba teñida de malva y azul celeste, como si conservaran todavía los colores del crepúsculo. El vapor subía lentamente y el olor vegetal, fino y penetrante, llenaba el comedor. Mi abuela Pascua los contemplaba casi con respeto. Después venían las aves asadas, cuyo jugo dorado impregnaba las patatas; y las compotas espesas, oscuras, cocidas durante horas, que parecían contener el verano entero reducido a una sustancia dulce y melancólica.

Recuerdo los canelones gratinados cuya bechamel dorada desprendía un perfume dulzón y lácteo. Y el vino servido con discreción, las conversaciones literarias, y al final crema catalana quemada con hierro candente.

Uno de los sonidos y olores de mi vida era ver a mamá cómo freía los pimientos verdes lentamente, hasta que la piel se ampollaba y el aceite adquiría un perfume vegetal y moreno.

El tiempo es el flagelo del hombre.

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