Cornaro 3

Me encerraba durante semanas enteras. Leía, escribía y evitaba toda visita. La simple idea de conversar pegajosa y trivialmente con alguien me producía horror. El mundo exterior aparecía como una maquinaria de innegable estupidez, de ininterrumpido ruido. Solo en el aislamiento lograba mantener una cierta plausibilidad mental. Vivo rodeado de una niebla interior donde solo los libros y las ideas poseen algo de consistencia. Paso días enteros sin hablar con nadie y no siento exactamente tristeza, sino una especie de suspensión o paréntesis. Como si hubiese sido retirado del burdo mecanismo general del mundo. Me alegro de ello.

Después de las -poquísimas- reuniones sociales quedo exhausto, como si hubiese entregado fragmentos anatómicos de mí mismo. Conversar exige sostener una continuidad íntima que rara vez siento naturalmente. Solo en mi habitación, entre libros, recupero una suerte de respiración propia. La sociedad no cesa de fabricar rostros falsos. Cada conversación obliga al individuo a adoptar una forma aceptable, una postura, una mueca colectiva. El hombre aislado, aunque padezca su aislamiento, conserva al menos la posibilidad de una relación más auténtica consigo mismo. Las habitaciones silenciosas, las tardes interminables, el polvo dorado suspendido de mi biblioteca, los libros abiertos bajo una lámpara, el crujir del lomo de un viejo libro: allí transcurre la verdadera vida.

Llega una edad en que uno prefiere claramente la conversación de los muertos. Los libros poseen una cortesía y una inteligencia que raramente (o nunca) se encuentra ya en el tráfico del mundo. Leer durante horas en silencio, rodeado de música y de viejas ediciones príncipes, constituye una forma suficiente de felicidad. El mundo moderno resulta casi siempre demasiado grosero, demasiado rápido y demasiado bullicioso para determinadas sensibilidades. La soledad elegante —rodeada de libros, música y recuerdos— es preferible a la sociabilidad degradada. El estudio prolongado, la frecuentación obsesiva de ciertos libros terminan alejando inevitablemente de las formas de la vida ordinaria. Uno ya no encuentra fácilmente interlocutores. Pero esa pérdida tiene también una compensación: la construcción de una conciencia más compleja, ilustrada y exacta.

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