Cornaro 10

Yo he leído mucho porque me aburría soberanamente la realidad inmediata. La gente habla demasiado y piensa demasiado poco. En cambio, los libros poseen una discreción admirable. Esperan. No exigen nada. Uno abre a Montaigne, a Plutarco, o a Stendhal, y entra inmediatamente en una temperatura mental infinitamente más respirable que la conversación pública contemporánea. Leer es una manera de protegerse contra la vulgaridad.

Mi infancia está inseparablemente ligada a ciertos libros y a ciertas imágenes de lectura. Recuerdo la luz zodiacal, fresca y oxigenada, el olor de las páginas, la felicidad física, muscular, de permanecer horas enteras recluido leyendo. El lector apasionado no lee únicamente con la inteligencia: lee con todos los sentidos. Hay frases cuya música permanece en la memoria con la persistencia de ciertos perfumes. Una gran biblioteca es también un museo de sensaciones.

Una sociedad que pierde lectores profundos se vuelve rápidamente histérica, simplista y manipulable. La cultura literaria no adorna al individuo: lo civiliza interiormente. Yo releo constantemente. La relectura es la forma más alta de lectura porque supone ya una intimidad verdadera con el texto. El lector maduro no busca novedades: busca profundidad.

La biblioteca ideal no es aquella donde están únicamente los libros necesarios, sino aquella donde cada estantería suscita tentaciones. Un libro debe llamar a otro libro. La cultura auténtica siempre ha sido asociación, deriva, conversación interminable. Los grandes lectores leen por constelaciones. Abren a Casanova y terminan en Tácito; buscan a Pater y desembocan en Cavafis. Así se forma una inteligencia verdaderamente libre.

Recuerdo perfectamente ciertas tardes de juventud: una habitación silenciosa, una copa, música lejana y montones de libros abiertos simultáneamente. Aquello era la felicidad. La felicidad intelectual existe, aunque el mundo moderno apenas comprenda ya esa expresión. Consiste en sentir que uno participa —aunque sea humildemente— en la gran continuidad de la cultura occidental. Un hombre verdaderamente cultivado no acumula libros para exhibirlos, sino para vivir entre ellos. Los libros modifican la atmósfera moral de una casa. Una habitación llena de volúmenes importantes produce inmediatamente una sensación de densidad espiritual. Hay casas donde solo se consume; otras donde todavía se piensa. La diferencia suele advertirse ya en las paredes.

La lectura fue siempre para mí una forma de aristocracia privada. No una aristocracia social o económica, sino mental. Leer a los clásicos enseña inmediatamente a distinguir entre lo durable y lo efímero, entre el estilo y la mera opinión, entre la inteligencia y el simple ingenio periodístico. Después de convivir con Platón o con Gibbon resulta difícil soportar gran parte del ruido contemporáneo.

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